miércoles, 9 de septiembre de 2015

ESCRITORA ECUATORIANA

MERCEDES CABELLO DE LA CARBONERA 


NOVELA SOCIAL 


MERCEDES CABELLO DE LA CARBONERA 


NOVELA SOCIAL 

Un prólogo que se ha hecho necesario 

 Siempre he creído que la novela social es de tanta o mayor importancia que la novela 

pasional. 

 Estudiar y manifestar las imperfecciones, los defectos y vicios que en sociedad son 

admitidos, sancionados, y con frecuencia objeto de admiración y de estima, será sin duda 

mucho más benéfico que estudiar las pasiones y sus consecuencias. 

 En el curso de ciertas pasiones, hay algo tan fatal, tan inconsciente e irresponsable, 

como en el curso de una enfermedad, en la cual, conocimientos y experiencias no son parte 

a salvar al que, más que dueño de sus impresiones, es casi siempre, víctima de ellas. No 

sucede así en el desarrollo de ciertos vicios sociales, como el lujo, la adulación, la vanidad, 

que son susceptibles de refrenarse, de moralizarse, y quizá también de extirparse, y a este 

fin dirige sus esfuerzos la novela social. 

 Y la corrección será tanto más fácil, cuanto que estos defectos no están inveterados en 

nuestras costumbres, ni inoculados en la trasmisión hereditaria. 

 Pasaron ya los tiempos en que los cuentos inverosímiles y las fantasmagorías 

quiméricas, servían de embeleso a las imaginaciones de los que buscaban en la novela lo 

extraordinario y fantástico como deliciosa golosina. 

 Hoy se le pide al novelista cuadros vivos y naturales, y el arte de novelar, ha venido a 

ser como la ciencia del anatómico: el novelista estudia el espíritu del hombre y el espíritu 

de las sociedades, el uno puesto al frente del otro, con la misma exactitud que el médico, el 

cuerpo tendido en el anfiteatro. Y tan vivientes y humanas han resultado las creaciones de 

la fantasía, que más de una vez Zola y Daudet en Francia, Camilo Lemoinnier en Bélgica y 

Cambaceres en la Argentina, hanse visto acusados, de haber trazado retratos cuyo parecido, 

el mundo entero reconocía, en tanto que ellos no hicieron más que crear un tipo en el que 

imprimieron aquellos vicios o defectos que se proponían manifestar. 

 Por más que la novela sea hoy obra de observación y de análisis, siempre le estará 

vedado al novelista descorrer el velo de la vida particular, para exponer a las miradas del 

mundo, los pliegues más ocultos de la conciencia de un individuo. Si la novela estuviera 

condenada a copiar fielmente un modelo, sería necesario proscribirla como arma personal y 

odiosa. 

 No es culpa del novelista, como no lo es del pintor, si después de haber creado un tipo, 

tomando diversamente, ora sea lo más bello, ora lo más censurable que a su vista se 

presenta, el público inclinado siempre a buscar semejanzas, las encuentra, quizá sin razón 

alguna, con determinadas personalidades. 

 Los que buscan símiles como único objetivo del intencionado estudio sociológico del 

escritor, tuercen malamente los altísimos fines que la novela se propone en estas nuestras 

modernas sociedades. 

 Ocultar lo imaginario bajo las apariencias de la vida real, es lo que constituye todo el 

arte de la novela moderna. 

 Y puesto se trata de un trabajo meditado y no de un cuento inventado, precisa también 

estudiar el determinismo hereditario, arraigado y agrandado con la educación y el mal 

ejemplo: precisa estudiar el medio ambiente en que viven y se desarrollan aquellos vicios 

que debemos poner en relieve, con hechos basados en la observación y la experiencia. Y si 

es cierto, que este estudio y esta experiencia no podemos practicarlos sino en la sociedad en 

que vivimos y para la que escribimos, también es cierto, que el novelista no ha menester 

copiar personajes determinados para que sus creaciones, si han sido el resultado de la 

experiencia y la observación, sean todo un proceso levantado, en el que el público debe ser 

juez de las faltas que a su vista se le manifiestan. 

 Los novelistas, dice un gran crítico francés, ocupan en este momento el primer puesto en 

la literatura moderna. Y esta preeminencia se les ha acordado, sin duda, por ser ellos el lazo 

de unión entre la literatura y la nueva ciencia experimental; ellos son los llamados a 

presentar lo que pueda llamarse el proceso humano, foleado y revisado, para que juzgue y 

pronuncie sentencia el hombre científico. 

 Ellos pueden servir a todas las ciencias que van a la investigación del ser moral, puesto, 

que a más de estudiar sobre el cuerpo vivo el caprichoso curso de los sentimientos, pueden 

también crear situaciones que respondan a todos los movimientos del ánimo. 

 Hoy que luminosa y científicamente se trata de definir la posibilidad de la 

irresponsabilidad individual en ciertas situaciones de la vida, la novela está llamada a 

colaborar en la solución de los grandes problemas que la ciencia le presenta. Quizá si ella 

llegará a deslindar lo que aun permanece indeciso y oscuro en ese lejano horizonte en el 

que un día se resolverán cuestiones de higiene moral. 

 Y así mientras el legislador se preocupa más de la corrección que jamás llega a impedir 

el mal, el novelista se ocupará en manifestar, que sólo la educación y el medio ambiente en 

que vive y se desarrolla el ser moral, deciden de la mentalidad que forma el fondo de todas 

las acciones humanas. 

 El novelador puede presentarnos el mal, con todas sus consecuencias y peligros y llegar 

a probarnos, que si la virtud es útil y necesaria, no es sólo por ser un bien, ni porque un día 

dará resultados finales que se traducirán en premios y castigos allá en la vida de ultratumba, 

sino más bien, porque la moral social está basada en lo verdadero, lo bueno y lo bello, y 

que el hombre como parte integrante de la Humanidad, debe vivir para el altísimo fin de ser 

el colaborador que colectivamente contribuya al perfeccionamiento de ella. 

 Y el novelista no sólo estudia al hombre tal cual es: hace más, nos lo presenta tal cual 

debe ser. Por eso, como dice un gran pensador americano: "El arte va más allá de la ciencia. 

Ésta ve las cosas tales cuales son, el arte las ve además como deben ser. La ciencia se dirige 

particularmente al espíritu; el arte sobre todo al corazón." 

 Y puesto que de los afectos más que de las ideas proviene en el fondo la conducta 

humana, resulta que la finalidad del arte es superior a la de la ciencia. 

 Con tan bella definición, vemos manifiestamente que la novela no sólo debe limitarse a 

la copia de la vida sino además a la idealización del bien. 

 Y aquí llega la tan debatida cuestión del naturalismo, y la acusación dirigida a esta 

escuela de llegar a la nota pornográfica, con lo cual dicen parece no haberse propuesto sino 

la descripción, y también muchas veces, el embellecimiento del mal. 

 No es pues esa tendencia la que debe dominar a los novelistas sudamericanos, tanto más 

alejados de ella cuanto que, si aquí en estas jóvenes sociedades, fuéramos a escribir una 

novela completamente al estilo zolaniano, lejos de escribir una obra calcada sobre la 

naturaleza, nos veríamos precisados a forjar una concepción imaginaria sin aplicación 

práctica en nuestras costumbres. Si para dar provechosas enseñanzas la novela ha de ser 

copia de la vida, no haríamos más que tornarnos en malos imitadores, copiando lo que en 

países extraños al nuestro puede que sea de alguna utilidad, quedando aquí en esta joven 

sociedad, completamente inútil, esto cuando no fuera profundamente perjudicial. 

 Cumple es cierto al escritor, en obras de mera recreación literaria, consultar el gusto de 

la inmensa mayoría de los lectores, marcadamente pronunciado a favor de ciertas lecturas 

un tanto picantes y aparentemente ligeras, lo cual se manifiesta en el desprecio o la 

indiferencia con que reciben las obras serias y profundamente moralizadoras. 

 Hoy se exige que la moral sea alegre, festiva sin consentirle el inspirarnos ideas tristes, 

ni mucho menos llevarnos a la meditación y a la reflexión. 

 Es así como la novela moderna con su argumento sencillo y sin enredo alguno, con sus 

cuadros siempre naturales, tocando muchas veces hasta la trivialidad; pero que tienen por 

mira sino moralizar, cuando menos manifestar el mal, ha llegado a ser como esas medicinas 

que las aceptamos tan sólo por tener la apariencia del manjar de nuestro gusto. 

 Será necesario pues en adelante dividir a los novelistas en dos categorías, colocando a 

un lado a los que, como decía Cervantes, escriben papeles para entretener doncellas, y a los 

que pueden hacer de la novela un medio de investigación y de estudio, en que el arte preste 

su poderoso concurso a las ciencias que miran al hombre, desligándolo de añejas 

tradiciones y absurdas preocupaciones. 

 El Arte se ha ennoblecido, su misión no es ya cantar la grandiosidad de las catedrales 

góticas ni llorar sobre la fe perdida, hoy tal vez para siempre; y en vez de describirnos los 

horrores de aquel Infierno imaginario, describiramos el verdadero Infierno, que está en el 

desordenado curso de las pasiones. Nuevos ideales se le presentan a su vista; él puede ser 

colaborador de la Ciencia en la sublime misión de procurarle al hombre la Redención que 

lo libre de la ignorancia, y el Paraíso que será la posesión de la Verdad científica. 

Mercedes Cabello de Carbonera 

- I - 

 La educaron como en Lima educan a la mayor parte de las niñas: mimada, voluntariosa, 

indolente, sin conocer más autoridad que la suya, ni más limite a sus antojos, que su 

caprichoso querer. 

 Cuando apenas su razón principió a discernir, el amor propio y la vanidad estimuladas 

de continuo, fueron los móviles de todas sus acciones, y desde las acostumbradas e 

inocentes palabras con que es de uso acallar el llanto de los niños y refrenar sus infantiles 

desmanes, todo contribuyó a dar vuelo a su vanidad, formándole pueril el carácter y 

antojadiza la voluntad. Y hasta aquellos consejos que una madre debe dar, el día que por 

primera vez va su hija a entrar en la vida mundanal, fueron para ella otros tantos móviles 

que encaminaron por torcida senda sus naturales inclinaciones. Procura -habíale dicho la 

madre a la hija, cuando confeccionaba el tocado del primer baile al que iba asistir vestida 

de señorita- procura que nadie te iguale ni menos te sobrepase en elegancia y belleza, para 

que los hombres te admiren y las mujeres te envidien, este es el secreto de mi elevada 

posición social. 

 Su enseñanza en el colegio, al decir de sus profesoras fue sumamente aventajada, y la 

madre abobada con los adelantos de la hija, recogía premios y guardaba medallitas, sin 

observar que la sabiduría alcanzada era menor que las distinciones concedidas. 

 Todas las niñas la mimaron y la adularon, disputándose su compañía como un beneficio; 

porque, al decir de sus amigas, Blanca era picante, graciosa y muy alegre. 

 Además de lo que la enseñaron sus profesoras, ella aprendió, prácticamente muchas 

otras cosas, que en su alma quedaron hondamente grabadas; aprendió, por ejemplo, a 

estimar el dinero sobre todos los bienes de la vida: "hasta vale más que las virtudes y la 

buena conducta", decía ella, en sus horas de charla y comentarios con sus amigas. Y a 

arraigar esta estimación, contribuyó grandemente el haber observado que las Madres 

(olvidé decir que era un colegio de monjas) trataban con marcada consideración a las niñas 

ricas, y con menosprecio y hasta con acritud a las pobres. -Y estas pagan con mucha 

puntualidad sus mesadas -observaba Blanca. De donde dedujo, que el dinero no sólo servía 

para satisfacer las deudas de la casa, sino además para comprar voluntades y simpatías en el 

colegio. 

 Ella entre las educandas y profesoras, disfrutó de la envidiable fama, de hija de padres 

acaudalados, sin más fundamento, que presentarse su madre los Domingos, los días de 

salón, lujosamente ataviada, llevando vestidos y sombreros estrenados y riquísimos, los que 

ella sabía que donde hizo su madre no había podido pagar, por falta de dinero; de esta otra 

deducción: que la riqueza aparente valía tanto como la verdadera. 

 Después del salón, sus amigas, comentaban con entusiasmo el buen gusto y las ricas 

telas que usaba su madre, y las niñas pobres, mirábanla con ojos envidiosos: las ricas como 

ella, formaban corro, y disputábanse ansiosas su amistad. 

 Un día una de las niñas, la más humillada por la pobreza con que ella y su madre 

vestían, la dijo: -Oye Blanca: mamá me ha dicho que la tuya se pone tanto lujo, por que el 

señor M. la regala vestidos. -Calla cándida observó otra- si es que la mamá de Blanca no 

paga a los comerciantes y vive haciendo roña, eso lo dicen todos. 

 Blanca tornose encendida como la grana, y con la vehemencia propia de su carácter, 

saltó al cuello de una de las niñas, (de la que dijo que su madre les hacia roña a los 

comerciantes), y después de darle de cachetes y arrancarle los cabellos, escupiole en el 

rostro diciéndole: -¡Toma! pobretona, sucia, si vuelves a repetir eso, te he de matar. 

 Sus amigas la separaron a viva fuerza, y desde ese día fue enemiga acérrima de aquella 

niña. En cuanto a la que dijo ser el señor M. el que la regalaba los vestidos a su madre, ella 

no lo encontró tan grave como lo de la roña. Y luego, ¿qué había de malo en que el señor 

M. que era tan amigo de mamá, le regalara los vestidos? cuando ella fuera grande también 

había de buscar amigos que la obsequiaran del mismo modo. 

 En las horas de recreo, y en las muchas robadas a las de estudio, sus amigas referíanle 

cosas sumamente interesantes. La una decíale, que una hermana suya había roto con su 

novio por asuntos de familia, y su hermana depique se iba a casar con un viejo muy rico, 

que le procuraría mucho lujo, y la llevaría al teatro, a los paseos y había de darle también 

coche propio. ¿Qué importa que sea viejo? Mamá ha dicho que lo principal es el dote, y así 

cuando el viejo muera se casará con un joven a gusto de ella. 

 Blanca saboreaba con ansia estos relatos: imaginábase estar ella en lugar de la joven, 

que había de tener coche propio, y llegar a lucir ricos vestidos en teatros, bailes y fiestas, y 

ella como la joven en cuestión, decidíase por el viejo con dinero, mejor que por el novio 

pobre. 

 Algunas veces estas historietas, venían seguidas de acaloradas discusiones. Muchas 

niñas opinaban que el joven (con tal que fuera buen mozo) era preferible con su pobreza, al 

rico, si había de ser viejo. Blanca fue siempre de la opinión contraria. Y a favor de la 

riqueza del futuro marido, ella argumentaba manifestando todo el caudal de experiencia 

adquirida en esa vida ficticia, impuesta por las necesidades en completo desequilibrio con 

las limitadas rentas de la familia: necesidades que para los suyos fueron eterna causa de 

sinsabores y contrariedades. 

 Cuando su madre llegaba a conocer algunos de estos precoces juicios de su hija, reía a 

mandíbulas batientes, y exclamaba: -Sí esta muchacha sabe mucho. 

 Y no se diga que la madre de Blanca fuera alguna tonta o mentecata, de las que las niñas 

del colegio clasificaban en el número de las que le deben al santo; no, era una señora muy 

sensata; pero que por desgracia estaba empapada en ciertas ideas, que la llevaban a pensar 

como su hija. 

 Blanca hacía desternillar de risa a sus amigas, cuando subida sobre una silla, remedaba 

al señor N. el predicador del colegio, que con su acento francés, más que francés patoi, les 

decía: Es necesario hijitas mías vivir en el santu timur de Dios, porque en el mundo tinemos 

dimuñios por adentro y dimuñios por afuera. Y luego como el señor N. ella les explicaba a 

las niñas, que los demonios de adentro eran nuestras malas pasiones y los demonios de 

afuera, eran las tentaciones del mundo. Jamás Blanca paró mientes en estas tentaciones, y si 

retuvo las palabras en la memoria, era sólo para costearles la risa a sus compañeras, que no 

se cansaban de repetir: -No hay quien tenga la gracia de Blanca. 

 Ella vivía muy contenta en el colegio, sólo si se fastidiaba por las horas tan largas de 

capilla, a las que también al fin, concluyó por acostumbrarse, y ya ni el cansancio del 

arrodillamiento, ni la fatiga de espíritu, que antes sintiera, presentáronsele después; pero 

¡cosa más rara! acontecíale ahora en la capilla, que la imaginación traviesa y juvenil; 

emprendía su vuelo, y con abiertas alas, iba a perderse en un mundo de ensueños, de 

amores, de esperanzas, de todo, menos de cosas que con sus rezos o con la religión se 

relacionaran. ¿Sería ella víctima de alguno de los dimuñios de que hablaba el Señor N? 

 ¡Vaya! Si parecía en realidad tentación del enemigo: a tal punto, que el monótono 

murmullo formado por madres y educandas, cuando rezaban como es de uso a media voz, 

los rosarios y demás oraciones; parecía contribuir a dar mayor impulso a su imaginación, 

sin que por esto dejara ella de rezar en alta voz. Así adquirió la costumbre de la oración 

automática, sin el más pequeño vestigio de unción, sin imaginarse jamás, que las oraciones 

tuvieran otro fin que llenar el templo de ruidos, como podía haberse llenado de otra cosa 

cualquiera. 

 La madre de Blanca se asombraba de que su hija, encerrada en el colegio, estuviera tan 

ilustrada en asuntos que no debiera conocer y diera cuenta de la crónica escandalosa de los 

salones mejor que ella, que como decían las niñas, vivía en el mundo. Pero aquello no 

dejaba de tener su fácil explicación. Cada niña relataba de su parte lo que había oído en su 

casa, y así formaban todas ellas la historia completa de los escándalos sociales. 

 Eso sí, era un contento ver como al fin de año, salía del colegio cargada de premios y 

distinciones, que regocijaban a la amorosa madre, imaginándose ver a su hija portento de 

sabiduría y modelo de buenas costumbres. 

 Diez años estuvo Blanca en el Colegio. Cuando salió corría el año de 1860, lo que 

prueba que no fue educada en el nuevo colegio de San Pedro, en el cual, reciben hoy las 

niñas educación verdaderamente religiosa, moral y muy cumplida. 

 Su madre no hallándose satisfecha con lo aprendido en el colegio, acudió a un profesor 

de piano, para que perfeccionara a su hija en el difícil arte de Mozart y Gothchalk, pero 

bien pronto las invitaciones, las recepciones, las fiestas, las modas, absorbieron todo su 

tiempo, y se entregó por completo a este género de vida. 

 Los enamorados de sus lindos ojos, más que los pretendientes de su blanca mano, 

sucedíanse con gran asombro de las mamás con hijas feas de problemático dote que decían 

indignadas: -¿Pero qué le encuentran a Blanca Sol? Quitándole la lisura y el di fuerzo, no 

queda nada: si parece educada entre las cocottas francesas. 

 Exageraciones y hablillas de mamás envidiosas, y por cierto las únicas envidias y las 

únicas maledicencias excusables: ellas son hijas del santo amor maternal, que como todos 

los amores verdaderos, es ciego y apasionado. 

 Porque, si bien es cierto que Blanca joven vivaracha, picaresca en sus dichos y aguda en 

sus ocurrencias, tenía toda la desenvoltura de una gran coqueta: distaba mucho entonces de 

ser el tipo de la cocotte francesa. 

 La censura se cebaba no sólo en su conducta, sino también hasta en su vestido. Verdad 

es que ella gustaba mucho llevar trajes de colores fuertes, raros, de formas caprichosas y 

muchas veces extravagantes; pero siempre se distinguía por el sello de elegancia y buen 

gusto que imprimía a todas sus galas. 

 Una cinta, una flor, un tul prendido al pecho, sabía ella darles el chic inimitable de su 

artístico gusto. 

 Blanca decía "que se privaba de risa" cuando alguna de sus amigas le imitaba sus 

modas, "sin agregar nada de su propio cacumen. Y las que eran cursis ¿cuánta risa no le 

daban a ella? Y estas risas muchas veces fueron imprudentes y estrepitosas, en presencia de 

la mamá o del hermano de la burlada. 

 Las ofendidas, que al fin fueron muchas, diéronle el dictado de malcriada y criticona; 

pero ella despreciaba a las "cándidas" y se alzaba de hombros, con burlona sonrisa. Este 

modo de ser, le trajo el odio de algunas y la censura de todas. 

 Decían que Blanca al bajar del coche o al subir el peldaño de una escalera se levantaba 

con garbo y lisura el vestido para lucir el diminuto pie, y más aún la torneada pantorrilla. 

¡Mentira! Blanca se levantaba el vestido para lucir las ricas botas de cabritilla, que por 

aquella época costaban muy caro, y sólo las usaban las jóvenes a la moda de la más 

refinada elegancia. Gustaba más excitar la envidia de las mujeres con sus botas de 

abrocadores con calados, traídas directamente de París, que atraer las miradas de los 

hombres con sus enanos pies y robustas pantorrillas. 

 Decían que Blanca, con su descocada coquetería, había de descender, a pesar de su alta 

alcurnia, hasta las últimas esferas sociales. 

 Señalaban a un gran señor, dueño de pingüe fortuna, como el favorecido por las caricias 

de la joven, las cuales, diz que el pagaba con generosas dádivas que llenaban las fastuosas 

exigencias de la joven y su familia. 

 A no haber poseído esa fuerza poderosa que da la hermosura, el donaire y la 

inteligencia, fuerzas suficientes para luchar con la saña envidiosa y la maledicencia 

cobarde, que de continuo la herían; Banca hubiera caído desquiciada como una estatua para 

pasar oscurecida y triste al número de las que, con mano severa, la sociedad aleja de su 

seno. 

- II - 

 No obstante ser esa mujer educada más para la sociedad que para sí misma, no por eso 

dejó de sentir las atracciones de la naturaleza. 

 La edad, el instinto y tal vez otras causas desconocidas, fueron levantando lentamente la 

temperatura ordinaria de su sangre y las ansiedades de su corazón, y al fin tuvo su preferido 

y su novio. 

 Fue éste un gallardo joven que brillaba en los salones por su clara inteligencia y su 

expansivo carácter, por la esbeltez de su cuerpo y la belleza de su fisonomía, por la 

delicadeza de sus maneras y la elegancia de sus trajes. En su trato con la joven, mostrábale 

profundo cariño y extremada delicadeza. Como se decía que prosperaba 

extraordinariamente en sus negocios, Blanca juzgó que era el hombre predestinado para 

procurarla cuanto ambicionaba y le amó con la decisión y la vehemencia propias de su 

carácter. 

 La madre de Blanca demostrábale con frecuencia que una fortuna por formar no vale lo 

que una fortuna ya formada y trataba de alejarla de sus simpáticos sentimientos, y con gran 

contentamiento de la madre, la hija fue de esta misma opinión. 

 Contribuyó no poco en estas positivistas reflexiones de Blanca, el haber visto que la 

suerte principiaba a serle adversa a su novio; varios de sus negocios que él con mejores 

esperanzas emprendiera no llegaron a feliz término. En poco tiempo se vio adeudado y 

enredado en desgraciadas empresas y Blanca informada por él mismo de las dificultades y 

las luchas que sostenía, en vez de consolarlo y alentarlo, se dio a considerar que si su novio 

la ofrecía mucho amor, en cambio la ofrecía pocas esperanzas de fortuna. 

 Estas crueles reflexiones tradujéronse luego en alejamiento y frialdad de parte de ella, y, 

contribuyeron a perturbar más y más al desgraciado amante que al fin desatendió sus 

negocios y sufrió considerables pérdidas. Y Blanca que presenciaba las angustias 

financieras de su familia, llegó a esta fría observación: -El amor puede ser cosa muy 

sabrosa cuando llega acompañado de lucientes soles de oro; pero amor a secas, sábeme a 

pan duro con agua tibia. Yo necesito, pues, novio con dinero, y en último caso, tomaré 

dinero con novio: de otra suerte, con toda mi belleza y mis gracias, iré a desempeñar el 

papel de oscura ama de llaves. 

 Y sin más vacilaciones, ni cavilosidades, ella, con la impasibilidad de un Vocal de la 

Corte Suprema; desahució a su amoroso y antiguo novio, diciéndole que esta su resolución 

sería inapelable. Tanto más inapelable debía ser, cuanto que, acababa de presentarse un 

nuevo pretendiente, que lucía un par de millones de soles heredados, que a los ojos de la 

hermosa Blanca, brillaron con resplandores de seductora felicidad. Este era don Serafín 

Rubio. 

 Con tan cruel desengaño, el antiguo y apasionado novio de la joven, se dio a la pena, y 

en el colmo de su desesperación, fulminó su cólera contra Blanca, con los más hirientes 

denuestos, y acerbos improperios, llamándola pérfida, traidora, infame, desleal; pero ella, 

que al tomar esa su firme resolución, había previsto la tempestad; rió desdeñosamente 

diciendo: -Después de los rayos y los truenos sale el sol color de oro. 

 Para consolar a su desventurado novio, y quizá también para consolarse a sí misma, un 

día, golpeándole con gracia y lisura el hombro díjole: -Calla cándido cuando yo sea la 

esposa de Rubio, podré darte toda la felicidad que hoy ambicionas. 

 A lo que él, indignado y furioso, habíale contestado: -¡Infame! si yo no hubiera sido 

caballero, serías hoy mi querida. ¿Recuerdas aquella noche que tú, acompañada de una 

criada, fuiste loca de amor a buscarme a mis habitaciones? ¿Recuerdas que temiendo que 

alguien te hubiera visto y mancillara tu honra, no consentí que dieras un paso adelante de la 

puerta de entrada? ¡Ay! ¿y es así como pagas mi amor, mis sacrificios y toda suerte de 

consideraciones y respectos...? 

 Blanca alzose de hombros e hizo -¡Pihst! y acompañando esta especie de silbo con una 

mueca llena de gracia y coquetería agregó: -Eres un hombre intratable, me pareces un 

chiquillo de cuatro años. Oye, escúchame: el amor debe acomodarse a las circunstancias, y 

no tener exigencias feroces, inconsideradas, que concluirán por matar nuestra felicidad. 

 -¡Ah! -dijo él- yo sólo aspiro, sólo anhelo que cumplas tus compromisos y seas mi 

esposa. 

 -Ven, hablemos razonablemente, supongamos que yo cumpliera mi compromiso y fuera 

tu esposa; crees que pudieras ser feliz, si al día siguiente te vinieran los acreedores, el uno 

con las cuentas de la modista por dos mil soles, otro con las del florista por quinientos 

soles, las de Delpí y Lacroix, por más de tres mil soles, las del pulpero de la esquina por 

quinientos soles, las del... 

 -¡Calla! calla, tienes una aritmética aterradora -contestó desesperado el novio de Blanca. 

 Déjame concluir, aún me falta lo principal. Figúrate que al día siguiente, pueden venir a 

arrojarnos de la casa en que vivimos, que la hemos hipotecado en treinta mil soles, y la 

sentencia del juez, de remate de la finca, está ya ejecutoriada, y si no se ha cumplido, es 

porque con los empeños de mamá y los míos, hemos alcanzado por las influencias del 

señor... 

 -Está bien no quiero saber más; me basta con lo que me dices -¡Adiós! 

 -Espera; a ti también te debemos... 

 -A mí sólo me debes la felicidad que un día me prometiste. 

 -Sí, te debemos los diez mil soles que... 

 -Has destrozado mi alma; ¡Ah! infame...! 

 -Tu deuda será la primera que yo haga pagar por Rubio. 

 -Nada me debes. Adiós para siempre. 

 Y el romántico novio de Blanca, salió de la casa resuelto a no volver jamás. 

 Ella mirándolo con indefinible expresión de amorosa pena y gozosa esperanza, repitió 

entre recitando y cantando esta linda cuartetilla: 

 Que las bellas ¡Vive Dios! 

por cada cual no las deje 

deben sin que las aqueje 

en su lugar poner dos. 

- III - 

 Toda esta descarnada relación de las deudas de la casa; era expresión fiel de la verdad. 

La madre de Blanca y dos tías solteronas con más campanillas que una procesión de 

pueblo; vivían en fastuoso lujo, sin contar con otra renta que el producto de un pequeño 

fundo rústico, administrado por un hermano natural de la señora, que muy 

imprudentemente decía que el tal fundo no le daba a su lujosa hermana ni para los alfileres. 

Y esta renta que no alcanzaba, según el decir de su administrador, ni para alfileres, debía 

llenar las exigencias de cuatro mujeres, que no juzgaban factible suprimir uno solo de sus 

gastos, cual si a mengua tuvieran ajustar su rumboso lujo a sus exiguas entradas, y los 

préstamos a interés crecido se sucedían uno tras otro, sin llegar jamás a cancelar sus 

deudas, que de más en más iban creciendo. 

 Blanca era de las cuatro la más derrochadora y exigente. 

 Cuando algún acreedor cansado de esperas y evasivas, llamaba a la madre, ante los 

Tribunales de Justicia; los empeños e influencias de sus amigos, cansaban al reclamante, 

que al fin érale forzoso conformarse con ofertas, las que Blanca apoyaba diciendo para sí: -

Ya me casaré con algún hombre rico, que pague todas nuestras deudas. 

 Paseos, saraos, banquetes, visitas, todo ese movimiento que forma la atmósfera en que 

viven y se agitan las personas de cierta posesión social, sucedíanse en casa de Blanca; sin 

que ninguna de las cuatro mujeres que componían la familia, tuviera en cuenta, que para 

sostener esta falsa situación necesitaban dinero, mucho dinero. Pero ¡qué hacer! No era 

posible renunciar a esa vida, que no sólo cuadraba a sus gustos e inclinaciones, si que 

también contribuía a realzar el lustre de su elevada posición social. 

 Al fin llegó el novio con dinero, o como Blanca decía, el dinero con novio. 

 D. Serafín Rubio, que acababa de heredar de su avaro padre un par de millones de soles, 

adquiridos a fuerza de trabajo y economía; fue la víctima elegida para pagar las deudas de 

Blanca Sol. 

 No obstante, fuerza es que paladinamente digamos, que ni sus ambiciosas aspiraciones 

ni el positivismo de su calculadora inteligencia, fueron parte a acallar las fantasías 

femeniles de su alma de veinte años. 

 Empapada en las aristocráticas tradiciones de su orgullosa familia, se daba a pensar y 

consideraba con profundo disgusto la oscura procedencia de la fortuna de su novio y la no 

menos oscura procedencia de su nacimiento. 

 El padre de D. Serafín fue un soldado colombiano del ejército libertador, traído al Perú 

por el gran Bolívar en su campaña contra la dominación española. Casado en Lima con una 

mujer del pueblo, llegó a adquirir inmensa fortuna, debida a sus hábitos de economía 

llevados hasta la avaricia. 

 Como las alimañas, los avaros tienen pocos hijos: así, el señor Rubio padre, como buen 

avaro, por no dar mucho, no dio vida a más de un hijo. 

 Éste fue D. Serafín. 

 Este nombre algo raro, le vino de amorosa exclamación de su madre, un día que lo vio 

dormido. 

 -¡Ah! que lindo es; si parece un serafín, -había dicho la madre. 

 -Pues se llamará Serafín, contestó el padre. 

 -Y será un serafín rubio -observó la madre. 

 He aquí como, un hombre feo de cara, rechoncho de cuerpo, y con más condiciones para 

llamarse Picio, vino por casual combinación a llamarse, Serafín Rubio. 

 Entre las encopetadas abuelas de las amigas de Blanca, no faltaban alguna de esas que 

son como el archivo de un escribano, donde puede irse con avizores ojos a registrar la 

ilegitimidad de ciertas aristocracias limeñas; y entre estas, decíase que el señor Rubio 

padre, había allegado su inmensa fortuna, principiando por vender cintas y barajitas eu una 

tendezuela de la calle de Judíos, en la cual él desempeñaba el triple papel de patrón, 

dependiente y criado. 

 Este pasado, si bien podía enorgullecer a un hombro sensato, que viera en él, el trabajo 

honrado y la austera economía, que nuestras instituciones republicanas enaltecen: no 

halagaba la vanidad de Blanca, que sólo alcanzaba a encontrarle sabor plebeyo, muy 

distante de la rancia aristocracia de su elevado linaje. 

 Pero ¡qué hacer! decía Blanca, no es posible conciliarlo todo, y se daba a pensar que, 

dinero y aristocracia eran difíciles de hermanar en los difíciles tiempos que a la sazón 

corrían. 

 Para colmo de infortunios, D. Serafín, era de poca simpática figura. 

 Rechoncho de cuerpo, de hombros encaramados, como si quisieran sublevarse de verse 

condenados a llevar una cabeza, que si bien era grande en tamaño, era muy pequeña en su 

contenido. 

 Ojos de color indefinible, lo que daba lugar a que Blanca pensara, que si los ojos son 

espejos del alma, la de D. Serafín debía ser alma incomprensible. Afirmábase más en esta 

persuasión, al notar en él ciertas anomalías de carácter, que para ella, de poco observadora 

inteligencia, no pasaron, empero desapercibidas y estas genialidades, ella se contentó con 

llamarlas "rarezas de D. Serafín". Y sondeando las profundidades del espíritu de su novio, 

decía como dice el marino después de haber sondeado el Océano: -¡No hay cuidado! puedo 

aventurarme sin temor. 

 D. Serafín tenía las vehemencias tímidas, si así puede decirse, del que con la conciencia 

de su escasa valía, quiere en desagravio, ejercer su derecho de maldecir de los que, con su 

ineludible superioridad, humillaban, su pobre personalidad. 

 Y para no dejar incompleto el retrato físico del novio de Blanca, diré que su pelo 

también como sus ojos de color indefinible, ni negro ni castaño, enderezábase con indómita 

dureza, dejando descubierta la estrecha frente y el achatado cráneo, signos frenológicos de 

escaso meollo. Las patillas espesas, duras y ásperas, por haberlas sometido prematuramente 

a la navaja; cuando el temió ser como su padre, barbilampiño; formaban un marco al 

rededor de los carrillos, los que, un si es no es mofletudo, se ostentaban rozagantes con su 

color ligeramente encendido, lo que, sin disputa, denotaba la buena salud y el 

temperamento sanguíneo de D. Serafín. 

 La nariz ni grande ni pequeña, eso sí un tantico carnosa y colorada, diríase por lo poco 

artístico de sus líneas, colocada allí tan sólo para desempeñar el sentido del olfato. 

 Su voz tenía modulaciones atipladas, y algunas veces fuera de la gamma de toda 

entonación natural: esto sólo cuando la cólera u otra pasión violenta lo acometía con 

inusitado ímpetu. 

 Sus manos, aunque siempre mal cuidadas, eran finas, denotando, que si su sangre no era 

azul, su educación había corregido los defectos de su nacimiento. 

 Pero de todas estas incorrecciones, ninguna disgustaba tanto a Blanca, como la pequeña 

estatura de D. Serafín. Ella era de la misma opinión de Arsene Houssaye, que dice, que al 

apoyarse una mujer en su amante debe poder él besarla en la frente, pero ¡oh desgracia! D. 

Serafín al lado de Blanca, apenas si alcanzaba a besarla en la punta de la nariz. 

 En sus horas de dulce fantasear, cuando dejaba correr su imaginación por los dorados 

horizontes de lo porvenir; Blanca miraba con cierta amargura esos defectos, que por 

desgracia, no alcanzaban a desaparecer, ni en los momentos en que ella se sentía más 

deslumbradora por los resplandores del oro. 

 Cuando hablaba de esto, ocultaba su disgusto, diciendo con chispeante gracia, que su 

novio era una letra de cambio mal escrita; pero con buena firma. 

 Blanca a pesar de sus muchos defectos, sabía conquistarse simpatías por su carácter de 

ordinario alegre, muchas veces dulce compasivo; también era decidora, locuaz, expansiva, 

llena de chispa, por más que no siempre fuera la chispa del ingenio que alumbra sin quemar 

y corrige sin herir. Sus amigos, aun aquellos que eran blanco de sus sátiras, perdonábanle 

esa flagelación de sus palabras y conceptos, en gracia de su donairosa chispa y gracejo en el 

decir. 

 Cuando sus cálculos, ni lo apremiante de sus deudas aún no la habían llevado hasta la 

temeraria resolución de hacer del mísero D. Serafín, el objetivo de sus ambiciones de mujer 

a la moda; fue él la víctima hacia donde ella dirigió sus más hirientes y amargas sátiras. 

 Decía que D. Serafín, era como los camarones: feo, chiquito, colorado, pero rico. 

 No sabremos decir, si por haber oído o por haber leído la "Fisiología del matrimonio" de 

Balzac, decía que D. Serafín pertenecería algún día, al número de los predestinados, que 

como los santos pintados, merecía llevar una aureola, la cual sin duda se la imaginaba que 

debía ser de algo tan feo, que no se atrevía a mencionar. Decía que los méritos de D. 

Serafín, debían valorizarse con relación a sus escudos y no a su persona. 

 Más de una vez estas sátiras, llegaron a oídos de su rendido y amoroso pretendiente; sin 

que él se atreviera a darles otra contestación, que la socarrona sonrisa del que dice: -

Necesito soportarlo todo. 

 Es que D. Serafín, si bien era lerdo de inteligencia y obtuso de ingenio; tenía en cambio 

la lengua ligera, aguda, hiriente, como la de las víboras, y hubiera podido devolver estas 

sátiras, sino con la misma agudeza y gracejo, con mucha mayor cantidad de ponzoña. 

 Pero el jamás se dio por aludido y soportó los dardos de las sátiras de Blanca, esperando 

herirla, a su vez, con los dardos de Cupido. 

 D. Serafín poseía ese cálculo frío, esa mirada certera, y esa inexplicable sensatez del 

hombre de escasa imaginación y tranquilas pasiones, que casi siempre acierta, con mejor 

tino, que el hombre de verdadero talento. 

 Y discurriendo cuerdamente pensó, que Cupido podía herir mejor con posadas flechas 

de oro que con las flexibles y agudas flechas, que de antiguo ha usado. 

 Después de tan sólido raciocinio, abrió sus arcas, y principió por pagar todas las deudas 

contraídas por Blanca por su madre y las dos tías. 

 Decían las malas lenguas que también había pagado los diez mil soles que Blanca, fue 

en deber a su novio, pero los que conocían el carácter caballeroso del joven, dudaban de 

que él aceptara la devolución de dineros, que jamás ningún hombre delicado puede aceptar. 

 Cuando llegaba el cumpleaños de la madre, o de alguna de las solteronas tías de Blanca. 

D. Serafín se portaba a lo príncipe; y los ricos pendientes y los magníficos anillos de 

brillantes, ocultos en gigantescos ramos de flores, eran los presentes con que él daba 

testimonio de su buena amistad. 

 Las encopetadas solteronas, que se daban humos de ser delicadas como la sensitiva y 

puras como azucenas, no dejaban de hacer sus melindres y andarse en repulgos para recibir 

tan valiosos regalos; pero parece que consultaron el asunto como caso de conciencia, con 

persona de respeto y autoridad. Y este sabio consejero díjoles que, puesto que las 

pretensiones del señor Rubio eran honradas y se encaminaban al santo matrimonio, sus 

regalos no podían empañar la excelsa y mirífica personalidad, de tan encumbradas señoras; 

que por ende, debían titularse ya tías del joven pretendiente. No obstante de que este 

razonamiento llevaba trazas de ser un sofisma; las pudibundas tías de Blanca, aceptáronlo y 

tranquilizada su conciencia, no tuvieron ya reparos en recibir los valiosos obsequios de D. 

Serafín. 

 De esta suerte, la especulación llevada hasta el más innoble tráfico, fue puesta en juego 

por la madre, las tías, y más aún, por la misma Blanca. 

 Sin embargo, como el amor es ciego, D. Serafín, quedó encantado del desprendimiento y 

la generosidad de la hermosa Blanca, el día que tuvo con ella el diálogo siguiente: 

 -Yo -decía ella- ambiciono encontrar por esposo un hombre que me ame 

apasionadamente, y que sea esclavo de mi voluntad. 

 -¿Nada más desea U? -preguntó D. Serafín, trémulo de emoción y de esperanza. 

 -¿Y que más se puede desear? El dinero es metal vil, que brilla mucho en la calle; pero 

que en la casa oscurece el verdadero brillo del amor. 

 D. Serafín, arrojó un suspiro más largo que el resuello de una ballena, diciéndose a sí 

mismo: -¡cuánto me había equivocado respecto a la nobleza del alma de esta mujer! 

 -¿Y si hallara U. un hombre que la amara apasionadamente, y fuera esclavo de su 

voluntad y a más pusiera a sus pies dos millones de soles? 

 -¡Oh yo no me casaría jamás con él! 

 -No se casaría U. con él -repitió D. Serafín tornándose mortalmente pálido. 

 -No, porque el mundo entero y él mismo, creerían que me había casado por interés, por 

amor al dinero y no al novio. 

 -¡Quién puede creer eso conociendo su alma noble y generosa! -exclamó D. Serafín en 

el tono más sincero que le fue dado emplear. 

 -¡Ah! ¡el mundo es tan ruin y las mujeres somos siempre víctimas de sus juicios! -dijo 

Blanca con tristeza y fingiendo enternecerse hasta el llanto. 

 Y esta tristeza y este enternecimiento, fueron suficientes para que D. Serafín, pusiera 

mayor empeño en convencerla de que ella estaba equivocada en sus juicios y exagerados 

temores, y esta vez D. Serafín estuvo elocuente, elocuentísimo, tanto que él quedó 

satisfecho de haber salvado las justas resistencias del noble carácter de la orgullosa joven, 

convenciéndola que, caso que ella se casara con un hombre que poseyera dos millones, 

nadie en el mundo, y él menos que otro alguno, podría suponer que el vil interés manchara 

el corazón de tan hermosa mujer. 

 Quince días después Blanca, prometía su linda mano a su apasionado pretendiente, que, 

ebrio, loco de amor, jurábale, que sería toda la vida su más sumiso y amante esposo. 

- IV - 

 Aunque Blanca Sol, muy formalmente prometiera su mano a D. Serafín Rubio, éste no 

estaba del todo tranquilo: conocía el carácter voluble, caprichoso, y excéntrico de su futura 

esposa, y cada día temblaba, temiendo que ese fuera el que había de traerle inesperado 

cambio. 

 Largas horas se daba a pensar, cómo era que Blanca, mujer caprichosa fantástica, 

engreída con su belleza, y orgullosa con su elevada alcurnia, podía aceptarlo a él por 

esposo: a él, que aunque también blasonaba de su noble prosapia (muchos como D. Serafín 

blasonan de lo mismo) no dejaba de comprender, que estaba muy lejos de ser el tipo que la 

ambiciosa joven podía aceptar, dada la disparidad de gustos, de educación, de aspiraciones 

que entre ambos notaba él. 

 ¿Será sólo por mi dinero? -se preguntaba a sí mismo. Y en este momento su frente se 

oscurecía y su fisonomía tomaba angustiosa expresión. 

 Otra reflexión acudía a su mente, y esta era, quizá, la más cruel. 

 El primer amor de Blanca; un compromiso de más de cinco años: un novio con todas las 

condiciones del cumplido caballero, todo había sido sacrificado en aras de... Aquí el 

pensamiento de D. Serafín, se detenía, sin atreverse a decidir si era en aras del amor o del 

dinero. 

 Y luego reflexionaba que cuando una mujer da la preferencia a un hombre rico a quien 

no ama, dejando el amor del amante pobre, es porque piensan realizar alguna combinación 

financiera-amorosa, con la cual, ganará el dinero del rico, sin perder el amor del pobre, y D. 

Serafín, que ni un pelo tenía de tonto, valorizaba con asombrosa exactitud su difícil y 

peligrosa situación. 

 Y si bien estaba abobado de amor, ni un momento perdió su buen criterio, y más de una 

vez, exhalando profundísimo suspiro, solía decir: -Si yo pudiera alejar para siempre a ese 

hombre... 

 Y ese hombre ¿quién era? Nada menos que un apuesto caballero, de cuyas relaciones de 

parentesco, se enorgullecía la madre, y no sólo la madre, sino también las linajudas tías de 

Blanca. 

 Para colmo de angustias, llegó un día en que su mala estrella, llevolo a presenciar 

escenas de un realismo aterrador. 

 Una noche, por ejemplo, mientras él filosóficamente disertaba sobre temas de alta 

conveniencia social, en compañía de la madre y las tías de Blanca; oyó un ruido suave, 

apenas perceptible, que no por eso dejó de producirle, el mismísimo efecto que descarga de 

poderosa pila eléctrica. 

 ¿Qué ruido era aquel, que tan inesperada conmoción producía, en los poco excitable 

nervios de la sanguínea naturaleza de D. Serafín? Diríase ruido de besos y murmullo de 

diálogo amoroso. 

 D. Serafín no pudiendo dominarse, salió a la puerta del salón, que comunicaba con el 

patio exterior, de donde parecía venir aquel alarmante murmullo. 

 ¡Qué horror!... ¿Es posible que tales cosas se vean en la vida...? 

 Si él hubiese sido hombre menos prudente, aquella noche la señorita Blanca, hubiese 

presenciado un lance, un desafío... quizá si un asesinato. 

 ¿Qué había visto D. Serafín? 

 Vio a Blanca, reclinada amorosamente en el hombro de su novio, asida por este, en 

estrecho abrazo y mirando poéticamente la luna. 

 A pesar de que el cuadro, era bellísimo y poético. D. Serafín lo encontró atroz, 

detestable, tanto, que salió desesperado de la casa, y resuelto a no volver jamás. 

 Pero ¿cuál es el hombre que, cuando el termómetro del amor marca cien grados sobre 

cero, cumple su propósito de no ver más a su amada? 

 En honor de la verdad, diremos, que D. Serafín, sólo volvió a la casa, llamado, atraído y 

casi rogado por la madre de Blanca, y muy decidido a no presenciar por segunda vez el 

espantoso cuadro que su amada, al lado de su antiguo novio, formaba. 

 Y como resultado de esta su firme resolución, un amigo de la casa, dirigiose a donde el 

joven y a nombre del señor Rubio, propúsole que fijara precio a su desistimiento o la mano 

de la señorita Blanca Sol, con tal que el primer vapor que zarpara del Callao, le llevara muy 

lejos de Lima. 

 El desgraciado joven, en el colmo de la indignación dijo que no podía dar otra 

contestación que pedirle sus padrinos para arreglar un duelo a muerte. 

 Ya hemos visto de qué manera tan elocuente y sencilla, convenció Blanca a su novio, 

demostrándole, que no le quedaba otro recurso, que renunciar a su compromiso, 

ofreciéndole ella, en cambio, futura y regalada felicidad. 

 Blanca le juró a D. Serafín por un puñado de cruces que aquella noche que él la vio 

abrazada amorosamente por su novio; había sido violentamente cogida y estrechada muy a 

pesar suyo, viéndose obligada a callar y no dar voces, por temor al escándalo. D. Serafín si 

no creyó, fingió aceptar estas disculpas, y pagó con creces esta generosa conducta de 

Blanca Sol. 

 Una de sus mejores casas heredadas de su padre, fue en pocos días convertida en 

espléndido palacio. 

 Veinte tapiceros, otros tantos grabadores, empapeladores, pintores, todo un ejército de 

obreros y artistas, encargáronse de decorar la casa con lujo extraordinario. 

 Y este lujo que todos llamaban extraordinario, él lo conceptuó deficiente, como 

manifestación de su amor a esta belleza que había descendido hasta él. 

 Toda la historia de Francia, en sus épocas de mayor esplendor, se encontraba allí 

representada. Había salón a lo Luis XIV, saloncito a lo Luis XVI, bouduoir a la 

Pompadour, comedor del tiempo del Renacimiento. 

 Los espejos de Venecia, los mosaicos venidos del mismo París; los cuadros originales de 

pintores célebres; el cristal de Bohemia; toda una contribución en fin, recogida del mundo 

artístico y del mundo industrial, llegó a embellecer la que debía ser morada de la orgullosa 

Blanca Sol. 

 Lo que sobre todo maravilló a la familia y a las amigas, fue el lujosísimo canastillo de 

novia, que D. Serafín, contra la costumbre establecida, quiso regalar a Blanca, y digo contra 

la costumbre, por ser bien sabido, que de antiguo está establecido en Lima, que los padres 

de la novia la obsequien el ajuar. 

 Todo lo que el arte manufacturero ha producido de más delicado, de más perfecto, de 

más artístico; todo se encontraba en el ajuar de la novia. 

 Encajes de Inglaterra, de Chantilly, de Alençon, de Malinas, de Venecia; paños de León, 

telas italianas, chinas, y de todas partes del mundo; aquello fue una especie de Exposición 

en pequeño que maravilló a la familia y a las amigas de Blanca. 

 Ella estaba ebria de placer y de contento. 

 Lucir, deslumbrar, ostentar, era la sola aspiración de su alma. 

 Ya no vería más, la cara engestada, la expresión insultante, y el aire altanero del 

acreedor, que por la centésima vez llegaba a recibir siempre una excusa, un efugio, o a 

conceder un nuevo plazo, que era nueva humillación, cruel sarcasmo, lanzado a su vida 

fastuosa y derrochadora. 

 Los amigos de D. Serafín, quedaron asombrados, al verlo derramar el dinero, con 

largueza tal, que dejaría atrás al más despilfarrado calavera. Hasta entonces estaban ellos 

persuadidos, que, si D. Serafín había heredado a su padre la fortuna, había también 

heredado sus hábitos de economía llevados hasta la avaricia. 

 Pero esos amigos no pensaron, sin duda, que de todas las pasiones, el amor es la que 

mayores y más radicales cambios opera en el espíritu humano. 

 Pocos días antes del matrimonio, la casa que debían ocupar los novios, convirtiose en 

romería, de los que ansiaban admirar las maravillas encerradas allí por la mano de un futuro 

marido. 

 Sus amigos, aquellos que con más envidia que afecto, miraban esa prodigalidad de 

riquezas, no lo escasearon al novio las sátiras, y los burlescos equívocos. 

 No faltó quién, con tono de profunda amargura, dijera: -¡Ah si el señor Rubio resucitara, 

volvería a caerse muerto! Y para extremar la vida sujeta a toda suerte de privaciones del 

señor Rubio, padre, cada cual refería un episodio o un suceso referente a este punto. 

 Y el lujo presente, y la economía pasada, y el amor del novio, y la incierta fidelidad de 

la novia; fueron el blanco, donde todos creyeron que debían asestar aun sangrientos dardos, 

y malévolos comentarios. 

 Si los que de esta suerte censuraban ensañándose contra las prodigalidades de D. 

Serafín, hubieran podido presenciar y valorizar la suprema dicha de su alma, la primera 

noche de sus bodas; cuando él después de haber paseado a Blanca por todos los lujosos 

salones de la casa, llevola a la alcoba nupcial, donde ella de una sola mirada abarcó y midió 

todo el lujo y esplendidez, con que estaba decorada y volviéndose a él, lanzose a su cuello 

ebria de alegría exclamando: -¡Oh que feliz soy!- si ellos hubiesen presenciado esta escena; 

lejos de censurarlo, hubieran dicho, como en ese momento dijo él: -El único dinero bien 

gastado es el que nos acerca a los brazos de la mujer amada. 

 Los primeros días de su matrimonio, no cesaba de reflexionar como era posible que 

existieran hombres tan estúpidos, que llamaran a este mundo valle de lágrimas ¡Infelices! 

Bien se conocía que no habían hallado una mujer que embelleciera su vida, una mujer como 

Blanca. No, la vida es edén delicioso, puesto que la posesión del ser amado, llegaba a ser 

hermosa realidad. 

 Pero ¿era en verdad una realidad? ¿No estaría él soñando? Ser el esposo, el dueño, el 

amado de ella, de la altiva y orgullosa Blanca Sol... ¡Oh! ninguna dicha igualaba, ni 

encontraba siquiera comparable a esta. 

 Y D. Serafín con íntima y deleitosa satisfacción se detenía a considerar que, cuando él 

hablara de ella, podía decirle familiarmente esta; es decir, esta mitad de mi ser, mitad de mi 

cuerpo, del cuerpo de él, del mísero, que había vivido en la casta abstinencia a que lo 

obligara la exigua propina que su padre lo daba, no siquiera para cigarros, sino para dulces, 

como a un chiquillo de diez años, obligándole así al retraimiento de los amigos y de los 

placeres. Y su naturaleza robusta y sanguínea, habíase doblegado a duras penas ante tan 

cruel necesidad. 

 Pero ¡ah! llegaba, al fin, el día de satisfacer todas sus ansias juveniles, todas sus 

necesidades de hombre. 

 Allí, al alcance de su mano, estaría siempre ella, hermosa, seductora, complaciente, con 

sus ojos de garza y sus labios atrevidamente voluptuosos. 

 Sí, ya él podía llamarla, suya, su mujer, y al pronunciar estas palabras, su alma, 

bañábase en infinito deleite, y en sangre se encendía en inextinguible voluptuosidad. 

 Qué lejos estaba él de pensar, que a las mujeres, aun aquellas que se casan por pagar 

deudas y comprar vestidos, les horroriza el matrimonio, cuya síntesis, es, un cuerpo 

entregado a la saciedad de un apetito. 

 Qué lejos estaba él de imaginarse, que Blanca, aunque mujer calculadora, vana y 

ambiciosa, era como las demás mujeres, esencialmente sentimental y un tanto romántica, y 

había de sentir, como consecuencia, repugnancia, asco, para este marido que no le ofrecía 

sino los vulgares trasportes del amor sensual. 

 ¿Pero qué sabía él de estas cosas? Si alguien le hubiera ido a perturbar en medio de sus 

alegrías y embriagueces, para poner ante sus ojos la realidad de su situación, le hubiera 

tomado por un loco o por un impertinente. 

 Qué sabía él, si las mujeres aman con el corazón y los hombres con los sentidos; si el 

amor del alma es para ellas cuestión de naturaleza y el amor del cuerpo es para ellos 

cuestión de salud; y esta antítesis es abismo donde se hunde la felicidad del matrimonio, el 

cual sólo el amor abnegado de la mujer puede salvar. 

 Don Serafín era de esos hombres de quienes se ha dicho que el matrimonio los engorda. 

 Y sin metáfora, ocho días después, sentía que comía con mayor apetito, dormía con 

mejor sueño, reía con hilaridad interminable, y por consecuencia, su cuerpo adquirió en 

tejido grasoso, todo lo que perdió en agilidad y elegancia. 

- V - 

 Blanca Sol, llegó a ser lo que en Lima se llama una gran señora, por más que la gente 

murmuradora dijera que sólo había grandeza de sus defectos y quizá también en sus vicios. 

 A pesar de su matrimonio sus amigos continuaron llamándola Blanca Sol, sin jamás 

acordarse que era señora de Rubio. 

 Esta particularidad de conservar la mujer casada su nombre y apellido, peculiar sólo de 

nuestras costumbres, merece explicación. 

 Hay mujeres, que al otro día de su matrimonio, pierden su apellido y pasan a ser la 

señora de D. Fulano, como si su pequeña personalidad desapareciera ante la de su esposo. 

Otras hay, que conservan toda la vida su apellido, sucediendo muchas veces, que el marido 

llega a no ser más, que la adición de su mujer. 

 Así sucedió con Blanca. Ella no pasó a ser la señora de Rubio; pero si ocurrió, que al 

millonario D. Serafín, lo designaran con frecuencia, llamándole el marido de Blanca Sol. 

 Esta manera de ser de la mujer casada, que entre nosotros se establece con inexplicable 

espontaneidad, sin que en el público nadie de la señal, ni se encuentro regla fija que seguir; 

parece no depender, sino de la individualidad, más o menos acentuada de ambos esposos. 

 Antes de su matrimonio D. Serafín, no fue más que un partido codiciable por su dinero 

entre las niñas casaderas: cuando perdió esta cualidad, forzoso era concederle la única que 

le quedaba: ser esposo de Blanca Sol. 

 Ella, por su parte, continuó su vida de soltera, repartiendo su tiempo entre las fiestas, los 

saraos y las tertulias íntimas, ya fuesen dadas en su casa o en la de alguna amiga suya. 

 Si alguna innovación quiso introducir en sus costumbres, fue sólo la de ser lujosamente 

devota; con la devoción de la mujer del gran mundo, como ella decía: 

 Vivía persuadida de que la "gente de tono" debe proteger la religión, y era muy dada a 

las prácticas religiosas del culto externo, con sus ruidosas manifestaciones de aparatoso 

efecto. Creía que una señora como ella, desempeña desairado papel en sociedad, si no es 

directora de asociaciones de las que se llaman de caridad, o promotora de grandes fiestas de 

las que se llaman religiosas. 

 Ser virtuosa a la manera de la madre de familia, que vive en medio de los dones de la 

fortuna, rodeada de privaciones y zozobras, cuidando de la educación de sus hijos, y 

velando por la felicidad de su esposo, sin más fiesta religiosa, que la plegaria elevada a 

Dios sobre la frente de su hijo dormido; sin más pompa, que el óbolo depositado en 

silencio, en la mano del desgraciado, ni más templos que la alcoba, jamás profanada ni aún 

con el pensamiento de la esposa fiel y la madre amorosas; ser de esta suerte virtuosa, 

hubiera sido para Blanca, algo que ella hubiese encontrado muy fuera de tono y de todo en 

todo impropio a la mujer del gran mundo. 

 En las primeras épocas de su matrimonio, D. Serafín, sufrió cruelísimos celos y 

desconfianzas horribles; pero así que vio a su esposa entregada a sus místicas devociones y 

ruidosas fiestas mundanales, sus celos se calmaron y disipáronse sus angustias. 

 En la época que la presentamos nuevamente, cinco hijos habidos en diez años, vinieron 

a aumentar las felicidades de D. Serafín, que era tan tierno papá como afectuoso marido. 

 Blanca quejábase amargamente de esta fecundidad, que engrosaba su talle e 

imperfeccionaba su cuerpo, impidiéndola ser como esas mujeres estériles, que dan todo su 

tiempo a la moda y conservan la independencia y libertad de la joven soltera. 

 La moda era diosa tiránica a la cual ella sacrificábale salud, afectos, y todo lo más caro 

de la vida. 

 Para formarnos idea de esta su pasión, asistamos a una escena de Blanca con su modista. 

 Las doce del día daban en un rico reloj da sobremesa, cuando entró muy deprisa 

Faustina, la criada de preferencia, para saber si la señora podía recibir a su modista, que 

acababa de llegar, y venía a probarle un vestido. 

 -Dile que pase adelante. 

 -Mi querida madama Cherí -dijo Blanca extendiendo la mano que la modista se apresuró 

a estrechar cariñosamente. 

 -Vengo a medirle el vestido de baile. 

 Blanca se puso de pie, y quitándose su rica bata de cachemir bordada, dejó descubiertos 

sus torneados y blanquísimos hombros. 

 La modista presentole un corpiño de raso color pálido, que se preparaba a medirla. 

 -Aguarde U., es necesario que me ajuste algo más el corsé. 

 A una señal de Blanca, acercose Faustina, y con admirable destreza, logró que los 

extremos del corsé quedaran unidos, dejando el flexible talle, delgado y esbelto como el de 

una sílfide. 

 Blanca, mirose al espejo y sonrió con satisfacción, sin notar que mortal palidez acababa 

de cubrir sus mejillas. 

 La modista principió su tarea de prender alfileres, para entallar y ajustar al cuerpo el 

corpiño, cuando con gran asombro, vio, que la señora Rubio, después de dar dos pasos 

adelante cayó sin sentido. 

 -¡Dios mío! La señora se ha puesto mala, llame U. al señor Rubio -dijo dirigiéndose a 

Faustina. 

 -No puedo llamarlo: la señorita me ha prohibido dé aviso al señor cuando ella tenga uno 

de estos desmayos. 

 -¿Y qué haremos? -preguntó angustiada madama Cherí. 

 -No es de cuidado -observó Faustina- como la señorita está de cinco meses de embarazo, 

el corsé ajustado lo produce estos desmayos: ya yo estoy acostumbrada a ellos. 

 -¡Oh qué horrible! exclamó asombrada la modista. 

 Como si ya fuera bien conocido el remedio, Faustina se acercó y cortó los abrochadores 

del corsé. 

 Después de propinarle algunos remedios y darle a oler algunas sales, Blanca abrió los 

ojos y miró en torno. 

 -¿Qué sucede? ¡Dios mío! -y aún desfallecida reclinó la hermosa cabeza en el hombro 

de madama Cherí. 

 Pero cual si al volver a la razón, hubiese pensado que no debía dar importancia a este 

pasajero accidente con el que ya estaba ella familiarizada; sacudió la cabeza, pasó repetidas 

veces la mano por la frente y sonriendo con gracia, dijo: 

 -Déme U. la mano para levantarme, no es nada, pasa luego. 

 Restablecida del todo de su corto síncope, insistió con la modista para que le midiera 

nuevamente el corpiño. 

 -Necesito -decía- ver el escote. U. madama me cubre el pecho con más empeño que si 

fuera U. un marido celoso. 

 -¿Ha visto U. el último figurín? 

 -Sí, y veo que el escote se lleva abierto hasta cerca del talle. 

 Después de haber dado algunos recortes madama Cherí preguntó: 

 -¿Está bien así? 

 -¡Oh! mucho más: ahora se usa llevar la espalda toda descubierta. 

 -¿Así? -preguntó madama Cherí, dando con mano atrevida un tijeretazo que dejó 

descubiertas las mórbidas espaldas de Blanca. 

 -Eso es -y mirándose al espejo, agregó: 

 -En la mujer casada es feísimo, ese escote subido que apenas es soportable en una 

chicuela de quince años. 

 -Ya sabrá U. que los vestidos de baile se llevan sin mangas -dijo madama Cherí. 

 -Sí, y esta moda me viene a mí muy bien -y Blanca mirose el brazo que en ese momento 

llevaba desnudo. 

 -Sin duda, lucirá U. los brazos más lindos y mejor torneados que hay en Lima. 

 Blanca guardó silencio y sonrió con satisfacción: madama Cherí continuó diciendo: 

 -Esta moda de los corpiños sin mangas, ha dado ocasión a grandes disgustos en muchos 

matrimonios: ya se ve pocos son los maridos que puedan mirar con paciencia que su esposa 

vaya luciendo lo que ellos creen debe ocultarse. 

 -¡Bah! -exclamó Blanca, con desdeñoso tono-, qué sería de la moda si las mujeres 

fuéramos a sujetarnos a las exigencias de los maridos; todas anduviéramos vestidas de 

cartujas ocultándonos hasta los ojos. 

 Blanca y la modista rieron alegremente. 

 -Felizmente mi buen marido conoce demasiado mi carácter y sabe, que el día que me 

prohibiera lucir el pecho y los brazos, sería capaz de lucir... Blanca se detuvo, sin atreverse 

a terminar la frase. Luego agregó: 

 -No sé lo que iba a decir; pero sería muy capaz de cometer una estupenda locura. 

 Largamente hablaron ambas sobre arreglo y combinaciones de vestidos. 

 Blanca pidió a su modista seis vestidos serios; pero muy elegantes y lujosos. Esto era lo 

menos que creía necesitar para la asistencia a algunas fiestas religiosas de hermandades de 

las que era ella presidenta. 

- VI - 

 Sobre elegante mesa de rica madera tallada, que formaba juego con el resto del mueblaje 

del dormitorio de Blanca, escribía un joven, y luego se ocupaba en ordenar algunas 

esquelas, colocándolas bajo la cubierta con nombre y dirección. 

 A corta distancia y sobre lujoso diván veíanse esparcidos diversos objetos a primera 

vista de indefinible clasificación. 

 Blanca revisaba complacida, esta, al parecer aglomeración de fruslerías, dejando alguna 

vez escapar monosílabos y palabras como si dialogara consigo misma: -Todo está muy bien 

-decía- hasta hoy nadie ha hecho tanto; este año quedarán confundidas esas mezquinas 

presidentas; ya verán... 

 En este momento llegó Faustina y con acento de grande regocijo anunció. 

 -El señor Venturoso acaba de venir y quiere hablar con la señorita. 

 -¡Oh! que felicidad, dile que pase al momento -y Blanca alborozada y risueña dirigiose a 

la puerta a recibirlo. 

 -Mi querido padre -dijo, estrechando con jubilo la mano de un sacerdote. 

 -Buenos días hija mía -contestó él, y se dirigió a una silla que ella se apresuró a 

acercarle con gran solicitud. 

 -Aquí me tiene U., mi padre, ocupadísima en los arreglos para las distribuciones y la 

fiesta del Mes de María. 

 -Me complace verte entregada a ocupaciones que te enaltecerán a los ojos de la Virgen. 

 -Gracias, mi padre. Me propongo con gran entusiasmo este año que soy presidenta de la 

hermandad, darle a nuestras distribuciones, la pompa y el esplendor, dignos de la 

asociación que presido. 

 -Me parece muy bien -dijo complacido el señor Venturoso. 

 -Mire U. mi padre -y Blanca tomando algunos de los objetos allí esparcidos mostrábalos 

diciendo: -estas son las medallas que repartiré el último día de la fiesta. 

 -¡Oh, este es un lujo estupendo! -exclamó el señor Venturoso mirando algunas medallas 

adornadas con cintas y briscados en forma de flores. 

 -De este modo -continuó diciendo- daremos a nuestra hermandad gran realce y 

aumentará el número de las Hijas de María. 

 -En estos días, dijo Blanca, deben llegarme de París, mil quinientas estampas de la 

Virgen, que se repartirán en la puerta a los que nos den limosnas. También he mandado 

hacer un número crecidísimo de escapularios y pastillas que repartiremos con profusión a 

todos los asistentes. Lo que es la música no dejara nada que desear; he contratado a las 

mejores artistas, sin reparar en condiciones ni precios. En cuanto a los demás gastos ya sabe 

U. que siempre me he portado a la altura de mi posición. Todo esto sirve de gran aliciente 

para atraer la concurrencia y dar mayor lucimiento a la fiesta. 

 El señor Venturoso guardó silencio contentándose con sonreír bondadosamente. 

 Blanca continuó diciendo: 

 -Supongo que ya estará U. preparando esos espléndidos sermones, que el año pasado le 

han valido la reputación del primer predicador de la ciudad más religiosa de América. 

 -Algo se hace -contestó con modestia el señor Venturoso. 

 -¿Y qué le parecen estas esquelas que pienso pasar a todos mis amigos? -Y cogiendo una 

de las esquelas presentola mirando con interés el semblante del señor Venturoso. 

 Este se colocó los anteojos y leyó la esquela cuyo objeto era invitar a sus amigos para 

que asistieran a las distribuciones y a la fiesta del mes de María. 

 La esquela traía una notita que decía: "La presidenta, señora Blanca Sol de Rubio, 

recibirá en la puerta las limosnas que sus amigos quieran darle". 

 Esta nota, era una de las extravagancias de Blanca. 

 El señor Venturoso devolvió la esquela diciendo: 

 -No me parece mal. Ya sabes que todo lo que contribuya a dar mayor realce al culto de 

María, alcanza siempre mi aprobación. 

 -Yo espero que con estas esquelas, obtendremos la concurrencia de todo lo más selecto 

de la sociedad masculina; porque es preciso que sepa U. que he determinado, que al que no 

concurra al Mes de María a darnos una limosna, no lo invitaré jamás a mis tertulias 

semanales, que como U. sabe, gozan de gran prestigio entre la juventud distinguida. 

 -¡Oh! esta es una medida atrevida -dijo sonriendo con dulzura el señor Venturoso. 

 -Es que las señoras necesitamos de todos estos artificios para atraer a los hombres al 

culto. 

 -Es verdad. ¿Qué sería de nuestras ceremonias religiosas sin las mujeres? -exclamó con 

amargura el señor Venturoso. 

 -Sí, mi padre. Y este año espero qué no se quejará U. de nosotras. 

 -No, hija mía, nunca me he quejado de la religiosidad de la mujer limeña. 

 -¡Oh! es increíble el tiempo que nos quitan todos estos preparativos. Yo hace más de 

cinco días que no recibo visitas, ni veo a mis hijos, ni atiendo a mi casa, ocupada sólo en lo 

que es preciso hacer para celebrar el Mes de María. 

 -Te perdono lo de no recibir visitas, en cuanto a desatender a tus hijos, y tus deberes de 

madre de familia, te lo repruebo enérgicamente. 

 -¡Qué quiere U. mi padre! En Lima no hay de quien valerse, y si personalmente no 

hacemos estas cosas, nos exponemos a quedar desairadamente. Pastillas, escapularios, 

medallitas, nada he economizado; además el día de la fiesta habrá también muchas flores 

que caerán de la cúpula del templo en el momento de alzar. ¡Mezquindades! yo no las 

puedo sufrir. ¿A propósito ha visto U. el manto que le he regalado a la Virgen? ¡Quinientos 

soles me ha costado! yo pensaba ponérselo desde el primer día; pero me aconsejan que lo 

guarde para el día de la fiesta, y le viene muy bien a la Virgen estrenar manto nuevo ese 

día. Me dicen que U. lo ha aplaudido mucho, de lo que estoy muy satisfecha. 

 El señor Venturoso no parecía muy complacido con la vanidosa charla de la señora 

Rubio, y guardaba silencio. Ella continuó: -Y tengo esperanzas de hacer muchas otras cosas 

más: ya verá U. Todos mis amigos me conocen que soy muy devota de la Virgen y me han 

ofrecido ir todas lar noches que yo me siente a la mesa, y segura estoy que hasta libras 

esterlinas veremos lucir en el azafate. Qué vergüenza debe ser lo que le pasó a la señora 

Margarita L... ¿no le parece señor Venturoso? 

 -¿Qué cosa? No sé a que aludes. 

 -¡Cómo! ¿No se acuerda U.? Que el año pasado la primera noche que ella pidió en la 

mesa no recogió sino dos soles y siete centavos. ¡Ese sí que debe ser chasco pesado Desde 

entonces hemos tomado la medida de comprometer a nuestros amigos la noche que nos toca 

pedir: así que, la que más amigos generosos cuenta, es la que sale más lucida en su limosna. 

 -¡Triste situación a la que hemos llegado! -exclamó con amargura el señor Venturoso. 

 -Cierto, muy triste. Los hombres no creen ya en nada, y cuando en los círculos de 

confianza se habla de religión, hacen chacota y befa de todo. 

 -¡Desgraciados! ¡No quieren tener ningún freno a sus pasiones! 

 -La noche pasada me hicieron renegar a mí hasta que los hice callar a todos, enojándome 

muy seriamente. 

 -No consientas jamás discusiones religiosas en tus salones, no olvides este consejo mío. 

 -¿Yo? ¡Vaya! U. no me conoce mi padre, por poco el bastón de Rubio le fue a uno de 

ellos por la cabeza; ¡con que había de sufrir yo herejías! No se dirá jamás que en la casa de 

la señora de Rubio se habló mal de los sacerdotes ni de los templos. 

 -Dios te conserve en su santa gracia. 

 -Gracias mi padre -contestó ella con aire distraído y nada contrito. 

 Se cambió de conversación; se habló de lo poco concurridas que son en verano las 

fiestas de las Iglesias. 

 Ahora tomarán su fisonomía de Invierno: la emigración de la aristocracia convierte en el 

Verano los templos en aglomeraciones de chusma, que despiden olor nauseabundo; por esta 

razón la señora de Rubio no iba en Verano sino a misa. 

 El señor Venturoso era lo que llamamos un buen sacerdote: moral, ilustrado, cumplidor 

de su deber, y aunque tal vez en el curso de esta historia no volveremos a encontrarlo; 

preciso es que conste, que si transigía bondadosamente con las vanidosas prácticas de la 

religiosidad de la señora de Rubio; era porque comprendía que para corregirla había llegado 

él demasiado tarde. Largo tiempo fue el confesor de Blanca; hasta que ella le dejó por "ser 

demasiado severo, y a más el confesor no debe ser amigo de la casa" Blanca buscó un 

confesor elegante, joven, que comprendiera que una mujer de su clase no puede dejar de 

asistir escotada a un baile de etiqueta ni dejar de ir al teatro a oír "La Mascotta" y 

"Boccaccio" 

- VII - 

 -Yo soy una inquilina de la casa de... así decía llorando en presencia de Blanca una 

infeliz mujer, de enfermizo y demarcado aspecto. 

 -¡Ah! sí, y hace tres meses que no me paga U. 

 -Me han arrojado de la casa y han puesto candado a mis habitaciones... 

 -¿Y qué quiere U. que haga? 

 -Estoy enferma. Todos los días arrojo sangre por la boca. Tengo tres hijos, soy viuda... 

 -Es muy triste la situación de U. pero... 

 -Señora tenga U. compasión de mí -exclamó la mujer con desesperación. 

 Blanca estaba verdaderamente enternecida, y endulzando el acento de su voz, díjole. 

 No se aflija U. yo procurare conseguirle un cuarto en un hospicio de pobres. 

 -¡Ah, señora Dios la bendecirá! ¿Y qué es necesario hacer para merecer ese beneficio? 

 -Lo primero que necesita U. hacer, es pedirle a su confesor un comprobante con el cual 

pueda U. acreditar que frecuenta sacramentos y vive bajo la dirección de un padre de 

espíritu. 

 La mujer palideció visiblemente. 

 -¿Es esto indispensable? -preguntó angustiada. 

 -Si U. no se confiesa ni comulga todos los meses no espere U. de mí protección ninguna. 

 -¡Ah señora! ¡El confesar y comulgar es un lujo que no podemos darnos los pobres! -

exclamó la infeliz con profunda amargura. 

 -¿Y qué piensa U? Una mujer que no es virtuosa no merece nuestro interés -dijo la 

señora Rubio con aspereza. 

 -Yo bien quisiera, señora, confesar y comulgar como lo hacen los ricos y la gente 

desocupada; pero ¡Dios mío! tengo tres hijos, el menor tiene sólo dos años, mi hija mayor, 

que es linda, tiene perseguidores que atisban mis salidas para dirigirle seductoras palabras. 

¿Quién cuidará de ellos mientras voy yo a la Iglesia? 

 -¡Oh! entonces renuncie U. a vivir en ningún Hospicio de pobres. 

 Después de este diálogo, Blanca despidió a la desgraciada mujer, y mirando al reloj 

levantose precipitadamente diciendo: 

 -¡Las dos de la tarde! ¡Y la novena de Nuestra Señora de las Lágrimas habrá ya 

principiado en San Pedro!... 

 Mientras se vestía apresuradamente hablaba consigo misma: 

 -Esta gente cree que los ricos tenemos obligación de darles todo. Qué sería de nosotros 

si a los gastos indispensables, agregáramos el déficit de lo que los pobres no pueden 

pagarnos. ¡Lucidos quedaríamos! Y yo que en los preparativos para las distribuciones y la 

gran fiesta del Mes de María, llevo gastados cerca de tres mil soles... ¡Bah, no quiero 

pensar en esto!... 

 Y dirigiéndose a Faustina la dijo: 

 -Apresúrate a vestirme, quiero salir a las dos en punto. 

 -¿Va la señorita a San Pedro? 

 -Sí, pero antes iré donde madama Cherí. 

 -¿Qué vestido quiere U. ponerse? 

 -Sácame el más oscuro de todos el... ¡ah! Olvidaba que antes debo rezar el rosario que el 

señor me dio en penitencia; pero... puedo ir rezando y vistiéndome. Reza, Gloria al padre, 

gloria al Hijo, gloria... Dime; ¿descosiste los encajes de Chantilly de mi vestido color perla? 

 -Sí señorita aquí están. 

 -Padre nuestro que estas en los cielos, santificado... Quién creería que en todo Lima no 

haya encajes más ricos que esos... Venga a nos tu reino... hágase tu voluntad, y tendré que 

llevar encajes que va me han visto... así en la tierra como en el cielo... Mucho me temo que 

madama Cherí se guarde parte del encaje... Si tal cosa hiciera la estrangularía, ¡buena estoy 

yo para robos! Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos. Sácome la 

mantilla de encajes: ¡Quizá veré a Alcides!... y no nos dejes caer en la tentación más 

líbranos de... ¡Vaya! estoy tan preocupada que no puedo rezar mi rosario. Lo rezaré en San 

Pedro. 

 Al tenor de este rosario eran las devociones de la señora de Rubio. 

 Ella, tan inteligente, tan viva, tan aguda en los salones en materia religiosa cumplía sus 

prácticas con deplorable ignorancia y risible ligereza. 

 Verdad es, que importábale muy poco el fondo moral o los elevados principios que 

pudiera encontrar en su religión; ella se decía devota, por vanidad, por lujo porque de esta 

suerte encontraba ocasiones de lucir, de ir, de venir, de disipar el hastío que embargaría su 

espíritu en las horas que no eran de visitas ni de recepciones. 

 Y luego, había tantas hermandades de las que ella tenía a honra ser la presidenta, y 

también era protectora de algunos conventos, donde las buenas monjitas, hablaban de la 

virtud y la religiosidad de la señora de Rubio, con el mismo entusiasmo con que en el Club 

de la Unión, comentaban los jóvenes elegantes, las coqueterías y los escándalos de Blanca 

Sol. 

 También por inspiraciones de su esposa, D. Serafín, llegó a ser muy dado a las prácticas 

religiosas, del culto externo; y para complacerla, presentábase en las procesiones de Santa 

Rosa y en las de Corpus, muy peripuesto y currutaco, llevando el Gion o algún estandarte 

de cofradía. 

 Los jóvenes que se precian de liberales, lo miraban con desprecio, endilgándole algunas 

sátiras burlescas, con las que herían, no las creencias religiosas de D. Serafín; pero si algo 

más delicado y también más sagrado: su honor y el de su esposa. 

 Y aunque muy poco se cuidaba ella de la opinión pública, estaba bien lejos de 

imaginarse, que sus alardes y ostentaciones religiosas, eran nada más que oportunidades 

para que la maledicencia la hiriera. 

 Y por lo mismo que esta devoción casi inconsciente y poco moralizadora, influye 

débilmente en el corazón de la mujer; no nos ocuparemos de ella sino accidentalmente, 

como cosa superficial y sin importancia alguna en la vida de la señora de Rubio. 

 Asistir a un baile con el mismo entusiasmo que a una fiesta religiosa; instituirse 

presidenta y colectora de una obra de caridad u organizadora de un baile de fantasía; eran 

todas cosas que ella miraba por una sola faz, ésta era la de la vanidad. 

 Dejáremos, pues, a Blanca dada al misticismo vanidoso de la mujer mundana, con el 

mismo fervor que a los devaneos de sus locas coqueterías. 

- VIII - 

 Un día ocurriole a Blanca meditar sobre que D. Serafín desempeñaba papel demasiado 

insignificante y azás oscuro, al lado de los altos personajes y eminentes magistrados con 

quienes diariamente rolaba, sintiendo reflejarse en ella, la pequeñez de su esposo. 

 -Y ¿por qué mi marido no ha de ser como cualquiera de ellos? -se dijo a sí misma, con 

esa su antojadiza voluntad, que ella acostumbraba imponer no sólo a las personas, sino 

también a los acontecimientos. 

 Estaba cansada de oír llamarle señor Rubio, limpio y pelado, ni más ni menos que el 

primer quidam que se presentara, en tanto que a su lado se pavoneaban Ministros, Vocales, 

Generales... ¡Vaya! ¡Qué desgracia vivir en República, que de otra suerte ella había de ser 

Condesa, Duquesa, o algo mejor. Ser la esposa de D. Serafín, de un don nadie, que en 

sociedad valía tanto como el primero que llegaba a su casa!... ¿Qué importaban sus propios 

méritos y valimientos, si llegada cierta situación, era fuerza cederle el puesto de preferencia 

a la esposa del Ministro, del Presidente, o a otra que ocupara rango más elevado en 

sociedad? 

 Su orgullo, su vanidad de reina de los salones, sentíanse lastimados y ese día ella 

resolvió con enérgica resolución que D. Serafín sería Ministro de... Aquí llegó el punto 

difícil de resolver, atendidas las aptitudes de su esposo. 

 A pesar de sus extravagancias, sus fantasías y caprichos; Blanca poseía el criterio 

necesario para valorizar los méritos y cualidades de su amoroso esposo, y si como tal, le 

reconocía altas cualidades, no se le ocultaba que éstas eran nulas ocupando la curul 

ministerial. 

 Pero ¿sería acaso D. Serafín el primer Ministro que brillara por ausencia intelectual y 

carencia de aptitudes políticas? ¡Bah! él sería Ministro y ya vería como se las había de 

componer. 

 Una hora después Blanca, decíale al pacífico D. Serafín, con tono cariñoso muy pocas 

veces usado: 

 -Mira Rubio, tengo un gran proyecto. 

 -Cuál -preguntó él, algo alarmado, comprendiendo que los grandes proyectos de su 

esposa, iban siempre dirigidos contra sus caudales. 

 -Quiero que tu seas Ministro. 

 -¿Ministro yo? -observó él asombrado y casi espantado por tal ocurrencia. 

 -Sí, tú, ¿y por qué no? ¿Vales tú acaso menos que otros muchos que lo han sido? 

 -Déjate de proyectos disparatados -dijo él desechando la idea de su esposa. 

 -Pues te aseguro que no desistiré de mi proyecto y que tú serás Ministro muy pronto. 

 ¿Te imaginas, acaso, poder mandar hacer Ministros con la misma facilidad con que 

mandas hacer vestidos donde tu modista? dijo D. Serafín riendo. 

 -¿Y que dirás cuando seas Ministro por mi voluntad y mis influencias? 

 -¿Cuentas tal vez con influencias para mí desconocidas? -preguntó él sin poder ocultar 

sus celosos temores. 

 -¡Bah! ¿Cuándo he querido yo algo y no lo he conseguido? 

 -Desiste de tus descabellados proyectos, ellos no harían más que perjudicarme si se 

realizaran. 

 -No comprendo... observó Blanca. 

 -Sí, indudablemente, un Ministerio me absorbería tiempo y atenciones necesarias a mis 

intereses los que, día a día van menoscabándose con espantosa rapidez. 

 -Déjate de cálculos mezquinos; un Ministerio puede enriquecerte como a muchos otros. 

 Y Blanca sin desistir un momento de su idea, prometiose a sí misma, que su esposo sería 

Ministro, o cosa semejante con o sin su gusto. 

 Pensando y meditando concluyó por dilucidar cuál Ministerio cuadraba mejor con las 

aptitudes y disposiciones de D. Serafín; Blanca no trepidó en decidirse por el de Justicia. 

Pero aquí se presentó otra dificultad casi insalvable. Para que D. Serafín llegara a este 

puesto designado por ella; era necesario que cayera el actual Ministro, y no podía caer 

estando en buen predicamento con el Jefe del Estado sino por un cambio total de todo el 

Ministerio, quizá un conflicto entre los Ministros y las Cámaras que a la sazón funcionaban. 

Era preciso conmover las cumbres del poder y dar lugar a que surgieran dificultades, cuyo 

resultado fuera la renuncia de todo el Ministerio... Un trastorno, un conflicto en la alta 

política... 

 Pues todo esto sucedió, sin más causa sin más motor, que la voluntad y el querer de 

Blanca Sol. 

 Un mes solamente hacía, desde el día que Blanca se propuso realizar el raro capricho de 

ser esposa de Ministro, cuando un día D. Serafín, muy lejos de esperar tal sorpresa, 

encontrose sin más ni más con su nombramiento entre las manos. 

 ¿Cómo realizó su atrevido y valiente proyecto? 

 Bien quisiera entrar en detalles, no fuera más que para poner en relieve, mejor que en 

otra ocasión, el carácter de la señora de Rubio; pero con gran pena desisto de este intento, 

en el temor de extraviarme en el intrincado dédalo de la política, de la que con cuidado y 

estudiosamente debo huir. 

 Que la belleza, el amor, la amistad, desempeñaron su cometido; en esa danza macabra 

de las influencias políticas, lo comprenderán mejor que otros los lectores peruanos. Como 

en la legión de adoradores y esperanzados, que rodeaban a la señora de Rubio, habían 

diputados, senadores, ministros, jueces, periodistas, y todos estos poderosos fueron otros 

tantos elementos que ella muy astutamente puso en juego para conseguir que a D. Serafín lo 

consideraran, insinuándolo como ministro posible primero, como ministro probable en 

seguida, y como ministro verdadero al fin, el juego de influencias y empeños fue 

maestramente desempeñado. 

 En puridad de verdad, diré que el señor Rubio desempeñó el Ministerio, con plausible 

honradez, con juicio recto y hasta con innovaciones provechosas en el ramo de su gobierno, 

captándose la admiración, no sólo de sus amigos, sino aun de los que en el primer 

momento, miraron su nombramiento con indignación y desprecio, considerándole hechura 

de faldas, según el decir de las lenguaraces. 

 D. Serafín, preciso es que conste, era todo un caballero, limpio de manchas y muy 

delicado en su proceder. 

 En esta circunstancia, como en otras muchas de su vida, sus honradas intenciones, 

suplieron la escasez de su inteligencia. 

 Desgraciadamente, las ambiciones de Blanca no se detuvieron aquí, y cuando vio que D. 

Serafín desempeñó el Ministerio con el aplauso general de sus amigos, y hasta mereciendo 

que algunos periódicos le endilgaran calificativos tan honrosos como el de estadista, 

hombre público y demás palabritas de cajón, con las que suelen adular los periódicos 

gobiernistas a sus cofrades, cuando vio todo esto, aspiró a algo más, y meditó en que D. 

Serafín bien podría llegar a ocupar puesto más alto. Vocal de la Corte Suprema o Presidente 

de la República. 

 -Y ¿por qué no? -se decía a sí misma-. ¿Si tantos otros tan ineptos como mi marido y 

además pícaros, han llegado hasta la silla presidencial por qué él que es un caballero y muy 

honrado, (y esta palabra la acentuaba como si esa fuera entre nosotros cualidad 

extraordinaria) no ha de llegar allá? 

 Luego pensó que en el Perú, todas las anomalías son, en el terreno de la política, hechos 

ordinarios. 

 Hasta es posible -decía- que aquí se le de la Presidencia de la República, en tiempo de 

guerra a un seminarista fanático y en tiempo de paz a un soldado valiente. (Cualquiera diría 

que desde aquella época la señora de Rubio adivinaba lo que había de acontecernos.) 

 Pues si todas las anomalías han de realizarse en el Perú, ella pondría en práctica una que 

no seria de las mayores, y esta no sería otra, que ver a D. Serafín, llevando la banda 

presidencial de la República. Y sus vanidosas ambiciones sentíanse hondamente halagadas 

con tan bella ilusión, y ya imaginábase verse entrando triunfalmente al vetusto palacio de 

Gobierno en compañía de D. Serafín (al pensar en esta compañía, hacía ella un mohín de 

disgusto). 

 Por aquella época no muy lejana a la nuestra, era más difícil que hoy, llegar al alto 

puesto que Blanca le designaba a su esposo. 

 Para desempeñar la Vocalía de la Suprema, Blanca tenía en cuenta que su esposo era 

doctor en Leyes. El padre de D. Serafín obligolo a estudiar los códigos, asegurándole que 

allí se conocen los subterfugios y las tretas de que se valen los pícaros y trampistas. 

 Y mientras ella acariciaba locamente estos proyectos, la envidia de las mujeres, y la 

maledicencia de los hombres, formando a su alrededor como un círculo de hierro, iban 

estrechándola más y más. 

 Anécdotas y chascarrillos sin fin, amenizaban las desocupadas horas de los que llegaron 

a conocer sus pretensiones de llevar a su esposo a la Presidencia de la República. 

 D. Serafín el intachable Ministro, el cumplido caballero era el blanco de las sátiras de 

los maldicientes y desocupados. 

 No salía mejor librado el honor de la señora de Rubio, en esta cruzada contra sus 

ambiciosas pretensiones. Los unos dábanle por amantes altos personajes de la escala 

política de aquella época, con cuyo apoyo contaba para realizar sus descabellados planes: 

otros decían que Alcides Lescanti, un joven a la moda, conocido por ser del número de sus 

adoradores, era el dueño de tan codiciado tesoro. 

 Así, pues, la maledicencia que se ensañaba contra la reputación de la señora de Rubio, 

era el resultado, fatal e inexplicable, no de sus verdaderas faltas e infidelidades, sino más 

bien, de su despreocupación, y atrevida desenvoltura para cuidarse del qué dirán: esa mano 

invisible de la opinión pública, que tantas veces hiere, ciega y estúpidamente. 

 No faltaba quien buscara y hallara, saltantes y semejanzas entre sus hijos y sus supuestos 

amantes. ¡Y por entonces ella tenía ya seis hijos! Uno por barba -decían- ¡Mentira! Los 

hijos de Blanca, por desgracia de ellos, eran extraordinariamente parecidos a D. Serafín, es 

decir, eran feos, trigueños y regordetes. 

 ¿Sería esta la causa por qué, Blanca, era madre tan poco cariñosa para ellos? 

- IX - 

 Alcides Lescanti, como su apellido lo demuestra, llevaba en sus venas sangre italiana, 

sin dejar por esto de ser tipo esencialmente americano. 

 El padre de Alcides, fue uno de los muchos italianos, que han arribado a nuestras playas, 

sin más elementos de fortuna, que sus hábitos de trabajo, su excesiva frugalidad, y su 

extraordinaria economía. 

 Sus primeros trabajos, los hizo en uno de los asientos mineros del Cerro de Pasco. Allí 

contrajo matrimonio con una de esas jóvenes, que si confiesan llevar sangre indígena, es 

por que pueden probar, que fue la mismísima que circuló por las venas del gran Huaina-
Capac. 

 Cansado de la vida de peón minero, que le cupo llevar en el Cerro de Pasco, dirigiose a 

Lima, para explotar la más rica mina, que por antítesis han hallado en el Perú, los hijos de 

la artística Italia; las pulperías. 

 La Nación modelo, la maestra inimitable de las bellas artes, donde los pintores, los 

músicos, los escultores, son hoy todavía, como en la antigua Grecia, los modelos perfectos 

del arte; está no sabemos por qué, representada en el Perú por la inmensa mayoría de 

italianos pulperos, que viven entre la manteca, el petróleo y otros malolientes objetos, que 

forman el conjunto de su comercio. 

 En honor de la verdad y de nuestras liberales costumbres, diremos, que, a pesar de este 

pasado azás, prosaico, todos damos buena acogida a los que, debido a su honradez y su 

constancia en el trabajo, hanse levantado desde la condición de míseros pulperos o 

buhoneros, hasta la de grandes señores, no solamente de nuestra elegante sociedad, sino 

también de la aristocrática sociedad de su patria, donde han necesitado un título comprado, 

para tener derecho de rolar con las clases nobles: derecho que nosotros les concedemos, sin 

más título que su honradez y su fortuna. 

 Cuando Alcides vino del Cerro de Pasco a Lima, en compañía de su padre, contaba ya 

doce años; de aquí pasó a estudiar a un colegio de París, donde como la mayor parte de los 

jóvenes, enviados a Europa, estudió poco y mal. 

 A la muerte del padre de familia, Alcides como hijo primogénito, se vio en la dura 

necesidad de suspender sus estudios, para venir a manejar la inmensa fortuna del Sígnore 

Lescanti. Aquí optó por seguir la carrera de abogado, que le facilitaría el manejo de los 

complicados negocios en que giraba la casa de Lescanti y C.a 

 Este nacimiento y esta educación dieron al joven Alcides, el sello que sólo poseen esas 

organizaciones vigorosas, que han debido la vida en medio de una naturaleza pródiga de 

todos los elementos que la fortifican y vigorizan. 

 Su color moreno, parecía teñido con los abrasadores rayos del sol americano, y sus ojos 

de un negro profundo; diríase que retrataban las abruptas montañas que cobijaron su cuna. 

 Su carácter bien acentuado, manifestaba la mezcla felicísima del italiano con el 

americano del Sur. 

 La pasión arrebatada del romano y el sentimentalismo idealista del hombre nacido en 

estos templados climas, disputábanse en dulce consorcio, el dominio de su alma. 

 Era franco, expansivo, afectuoso, pero llegada la ocasión, sabía también ser astuto, 

mañoso, llevando la sutileza de sus ardides, hasta un extremo que no era dable suponer. 

 En el momento que lo presentamos, frisaba gallardamente en sus treinta y cinco años, y 

ya algunas hebras de plata, brillaban sobre su frente. 

 De apuesta figura, y disponiendo de inmensa fortuna; fácil es comprender, que Alcides 

bebiera a grandes tragos, en la copa que Venus brinda a los favorecidos de la fortuna. 

 No obstante, había llegado a sus treinta y cinco años, con el corazón lleno de bríos y el 

alma llena de ilusiones. 

 Es que, en su papel de cazador de alto rango, jamás descendió a las esferas sociales en 

las que el hombre se pierde entre zarzales y se hunde en los pantanos, dejando allí, las más 

bellas ilusiones de su alma, los más nobles sentimientos de su corazón y toda la fuerza viril 

de en cuerpo. 

 A los treinta años, Alcides Lescanti se había batido con dos maridos celosos -por celos 

injustos- decía él riendo, aludiendo sin duda a que, de los dos amantes, él era el que menos 

había amado; pero si un hombre tiene derecho a matar al que le roba el amor de su esposa, 

esos maridos debieron matar al joven Lescanti. 

 A los treinta años, había desdeñado a dos niñas hermosas, la primera por encontrarla 

demasiado vulgar, demasiado prosaica, e incapaz de levantarse a las elevadas regiones 

donde él comprendía que debían vivir los enamorados; a la segunda, porque sabía hablarle 

muy bien de finanzas y muy mal de ilusiones. 

 Algunas veces riendo, solía decir, que en los jardines sociales, él sólo cazaba aves 

canoras de lindo plumaje, sin descender jamás, donde sólo descienden cazadores de baja 

ralea, en pos de animales inmundos, que se alimentan de las putrefacciones sociales. 

 Alcides era, lo que podríamos llamar un epicúreo perfeccionado, con todos los 

refinamientos y exigencias del epicúreo, unidas al más elevado sentimentalismo. 

 Un goloso del amor, que quería alimentarse con manjares escogidos. 

 De todos los discípulos de Epicuro, esta secta es la más peligrosa para los maridos. 

 Con el triple atractivo de su hermosa figura, su gran fortuna y su bello carácter; había 

sido por largo tiempo el León de la mejor sociedad limeña. 

 Sin embargo, de poco tiempo a esa parte, sin que nadie pudiera explicarse la causa, 

veíasele, retirarse aislandose cada día más, como si alguna profunda pena, le trajera 

contrariado y abatido. 

 Una sola casa, frecuentó desde entonces con asiduo empeño: esta era la de Blanca. 

 Sus amigos creyendo columbrar los primeros síntomas de una gran pasión, que veían 

crecer con alarmantes proporciones; mucho más alarmantes, para los que conocían el 

corazón de la señora Rubio, poco sensible al amor, y siempre inclinada a la más irritante 

volubilidad; sus amigos, aconsejábanle que huyera prudentemente, de ésta, que ellos temían 

pudiera convertirse en inmensa pasión, y a la que él no quería dar más importancia, que uno 

de los muchos amoríos que amenizaban su vida. 

 Algunas veces solía decirles: 

 -No os alarméis, amigos míos, estoy acostumbrado a domar muchos caballos bravos y 

muchas mujeres coquetas. 

 Entre las bellas cualidades que adornaban al joven Lescanti, y que todos, amigos y 

enemigos le reconocían, siendo éstas sin duda las que le daban faz simpática a los ojos del 

sexo débil, mencionaremos su patriotismo y su valor. Y estas cualidades que tanto 

apasionan a las mujeres, eran en él como la aureola de su personalidad, por otros títulos ya 

muy estimables. 

 Alcides había desempeñado altos y honrosos puestos, como la Alcaldía de la 

Municipalidad de Lima y la dirección de la Sociedad de Beneficencia, alcanzando siempre 

el aplauso de propios y extraños, por su honrado comportamiento. 

 Apoyado en tan meritorios antecedentes, él acariciaba secretamente, la halagadora 

esperanza de subir muy alto, el día que lanzara su candidatura en la arena política para 

conquistar el primer puesto en la magistratura del Estado. 

 Estas pretensiones adivinadas, y para todos mal encubiertas le trajeron la censura, y más 

de una vez, el odio de sus émulos y enemigos. 

 Alcides dejaba correr su rumbo a los acontecimientos, juzgando con atinado juicio, que 

aún no era llegada la época de emprender luchas y sostener batallas en el terreno demasiado 

candente de la política activa. 

 Mientras llegaba ese día, demasiado lejano para sus ambiciones, se daba en cuerpo y 

alma a la vida galante y de sociedad; quizá también pensando, que en el Perú los hombres 

que se conquistan las simpatías y el amor de las mujeres, son los que más probabilidades 

cuentan de subir muy alto. 

 Esta manera de ser de Alcides, era causa de que su natural inteligencia, fuese juzgada 

por extremada torpeza y su versación en sociedad, no alcanzara a ocultar su carencia de 

ilustración. De aquí, la censura apasionada que lo desposeía hasta de sus propios y altísimos 

méritos. 

 Respecto a los demás pormenores de la vida de nuestro héroe; diremos, que su fortuna 

administrada con discreción y talento, había crecido inmensamente, duplicándose la 

herencia recibida de su padre. 

 Entre las acciones generosas de Alcides, una le caracteriza poniendo en relieve el lado 

noble de su alma. 

 Muerto su padre, un hijo natural, quedó privado de su herencia por falta de requisitos 

legales. Alcides prohijó a en hermano, y le reconoció la parte de herencia que la ley lo 

acordaba. 

 Estas cualidades de Alcides, contribuyeron, sin duda para que todos en la sociedad que 

él frecuentaba, olvidaran su pasado, y nadie recordara jamás al peón minero que en su 

metamorfosis de gran comerciante, después de pasar por el transitorio estado de mísero 

pulpero; había fundado una familia a cuya cabeza se hallaba Alcides, el patriota abnegado y 

ciudadano honrado, a quien estimaban tanto sus amigos, lo adulaban los periódicos, lo 

mimaban las mujeres, y perseguíanlo las mamás con hijas casaderas. 

 Alcides contaba muchos amigos: entre éstos uno manifestaba grande empeño en llegar a 

ser amigo preferido de Alcides Lescanti; este era Luciano R. a quien daremos a conocer, no 

tanto por el importante papel que desempeña, cuanto por ser un tipo social digno de 

conocerse, y además era amigo de Blanca. 

- X - 

 ¡Las recepciones de Blanca Sol! ¡Los salones aristocráticos de la mujer de moda! El 

palenque del lujo de la elegancia, donde se realizaban las justas de la belleza y de las 

gracias, que acreditaban el buen nombre de sus convidados... ¿Quién no desearía, quién no 

ambicionaría como grande honor, como singular distinción, ser del número de los elegidos, 

de los favorecidos con sus invitaciones y su amistad?... 

 Decían que Blanca gustaba reunir en sus salones a las jóvenes bonitas y a las señoras 

hermosas, y que manifestaba disgusto, cuando se veía obligada a invitar a alguna fea. 

 Una mujer fea le producía a ella el mismo efecto que una obra de arte imperfectamente 

trabajada. 

 Y luego las feas no tienen piquines y la señora de la casa se ve obligada a cuidar de que 

las hagan bailar. Encontraba altamente ofensivo a la dignidad de su sexo, el verse obligada 

a dirigirse donde un caballero, para con toda la gracia y desenfado que ella usaba, decirle: -

Saque Ud. a bailar a Fulanita, que hace tres bailes que me la han dejado, y está comiendo 

un pavo horrible. Y para desempavarla, el caballero en cuestión, hacía bailar a la aludida. 

Por evitarse estos desagradables compromisos, invitaba mayor número de caballeros que de 

señoras. 

 Jamás ella conoció esas rivalidades mezquinas de mujeres vulgares, que han menester 

rodearse de lo pequeño y lo feo para erguirse ellas mejor. No necesitaba de este astuto 

recurso, en su conducta había siempre cierta nobleza y gallardía, jamás desmentidas. 

 Ella en medio de las beldades que llenaban sus lujosos salones, se destacaba como 

destacaría el Sol en un cielo poblado de estrellas. 

 Blanca era alta de esa estatura que diz que hacía distinguir a Diana entre otras ninfas. La 

morbidez de sus carnes, había llegado solo al punto en que se redondean los contornos y se 

suavizan las líneas; muy distante de la excesiva gordura, que en estos climas meridionales 

suele ser el escollo de la esbeltez y la elegancia de las señoras casadas. 

 Sus rubios cabellos, y sus negras cejas, formaban el más seductor contraste, que el tipo 

de la mujer americana puede presentar. No era el rubio desteñido de la raza sajona, sino 

más bien, el rubio ambarino, que revela el cruzamiento de dos razas de tipo perfecto. 

 Su cutis moreno, y ligeramente sonrosado, tenía la delicadez aterciopelada de la mujer 

de complexión sana, que posee la belleza que le dan los glóbulos rojos henchidos de hierro 

que circulan por sus venas. 

 La nariz delgada y algo levantada, y la boca de labios muy finos, eran indicio de su 

energía de carácter. 

 Esta particularidad del cabello rubio y la cutis trigueña, dábale sello de originalidad, aun 

entre las mujeres limeñas, donde con más frecuencia se ve este raro contraste. De ordinario 

su graciosa boca de correctas líneas, estaba por sardónica sonrisa entreabierta, cual si 

pretendiera lucir blanquísimos y agudos dientes, que parecían manifestar, que al salir de las 

palabras de su boca, tanto podían herir como halagar. 

 Para un fisonomista, Blanca hubiera pasado por la mujer esencialmente voluptuosa. 

 En su mirada incisiva, penetrante, llena de relámpagos y en su manera de gesticular 

siempre vehemente y apasionada, creeríase encontrar el tipo de la gran cocotte parisiense, 

más bien que el tipo de la gran señora limeña. 

 Sus modales, aunque no eran delicados, tampoco podían llamarse groseros, ni menos 

vulgares. En toda su manera de ser, se traducía ese que se me da a mí de la mujer que en 

sociedad es engreída y adulada. 

 La ocurrencia que asistía a las tertulias de la señora Rubio, sino lo más linajudo de la 

aristocracia, era lo más encumbrado de la sociedad limeña. 

 Ministros extranjeros y Ministros de Estado, la aristocracia del dinero y la aristocracia 

del éxito, oportunistas sociales: mujeres a la moda, más o menos separadas de sus maridos; 

jóvenes solteras de las que esperan asegurar bailando el porvenir; tales eran los 

concurrentes a estas recepciones semanales. 

 Cuando el baile era de gran fuste. Blanca invitaba a los cronistas de los periódicos, y 

ellos cumpliendo su cometido, no dejaban sin mencionar ni el vestido que llevaba Faustina, 

la doncella de la casa. 

 -Qué sería de nuestros salones si no hubieran escritores y periódicos: los ricos deben 

tener el talento de saber lucir su riqueza, y los pobres el de saberla describir, solía decir ella, 

mirando desdeñosamente a algunos de esos emisarios de su fama. 

 En esta ocasión, aunque sin grandes invitaciones, la afluencia de concurrentes, daba 

aspecto de gran baile a esta recepción semanal. 

 Aquella noche, Blanca vestía sencillamente. Cuando la señora de la casa -decía ella- se 

presenta luciendo el más rico vestido; manifiesta ser una cursi, que aprovecha las ocasiones 

poco frecuentes para esa clase de gentes de lucir joyas y vestidos. Y luego, como en su casa 

había competencias y emulaciones, entre las señoras, justo era quitar todo estímulo. 

 A las once dio principio el baile. Esta es la hora en que los hombres se agrupan para 

hablar de política, las mamás para hablar de las cualidades revelantes de sus hijas y las 

niñas que no bailan, para disertar sobre modas y vestidos. 

 Al decir de los amigos de la casa allí, estaba reunido la crema de la crema limeña. No 

debiera ser muy exacta esta afirmación, cuando al pasar la señora N. por delante de uno de 

los grupos de jóvenes que charlaban, reían y más que todo cortaban, uno de ellos dijo: 

 -He aquí una mujer que no debería estar en nuestra sociedad. 

 -Calle U. si es la esposa del Señor... 

 Lo sé, un hombre que no tiene más méritos que sus respetables ochenta años. 

 -¿Y de ella que dice U? 

 Que es una Magdalena con todas las culpas de ésta; pero sin haber llegado al periodo del 

arrepentimiento. 

 -Se ha fijado U. en los brillantes que lleva. 

 -Si veo que brillan más que sus ojos, lo que prueba que los brillantes son de primera 

agua y los ojos de cuarenta y cinco años. 

 -Por lo que infiero, U. en caso de poder elegir entre robarle los ojos o los brillantes 

elegiría... 

 -Los brillantes sin trepidar. 

 Pocos días más tarde, este diálogo le fue referido a Blanca, por los amigos, agregando, 

que un joven que felizmente no era limeño, había manifestado con su conducta el mismo 

gusto que ellos, pudiendo robarle a la señora N. los ojos junto con el corazón, había 

preferido robarle los brillantes. 

 Blanca rió con su alegre y satírica risa y luego dijo: 

 -La señora N. es una Mesalina vestida de gran señora, ya verán ustedes como el día 

menos pensado la echo de mi casa a sombrillazos. 

 Sus amigos rieron y festejaron la broma, sin que a ninguno le quedara duda, de que 

Blanca cumpliría su palabra de echar de su casa a la señora N. a sombrillazos. 

 Generalmente censuraba a la señora Rubio de ser atrevidamente libre en sus acciones, y 

temerariamente franca en sus palabras; pero si bien es cierto, que estos defectos causaban 

estupendos daños a sus amigos, no siempre la injusticia ni la malevolencia eran móviles de 

sus acciones. 

 Echar a la señora N. de la casa; por supuesto si era mujer cínica y al concepto de sus 

amigos indigna de rolar con la gente de la buena sociedad. La señora N. tenía además 

pasiones groseras y apetitos desenfrenados que le producían antipatías invencibles, y 

Blanca que se entusiasmaba con lo bueno como los niños con los juguetes, sin darse más 

cuenta, que lo bueno le gustaba más que lo malo, sentía repugnancia por la señora N., por la 

Mesalina a la cual se aprestaba a arrojar de sus salones sino a sombrillazos, como muy 

graciosamente decía, cuando menos a abanicazos, como ella era muy capaz de ejecutarlo. 

 El grupo de jóvenes continuó comentando y criticando, como suele suceder en los 

salones, donde más de una vez, la maledicencia se cierne sobre las cabezas de los que 

alegremente se entregan a sus expansiones. 

 -¡Silencio! allí viene la señora H... ¡Siempre hermosa y lujosísima! 

 -¡Calle! yo conozco ese vestido ¡hombre! Si es el que yo compré de donde R. y se lo 

regalé a... 

 -Tu adorada Dulcinea, la conozco. 

 -Sí, a quien yo pago con vestidos todo lo que ella me da en amor. 

 -Quizá te equivocas hijo, no seas tan ligero, hay tantos vestidos semejantes, que bien 

puede suceder que este fuera igual al que tú compraste para M. 

 -Es que hay una coincidencia. Mientras estábamos hoy juntos, sorprendí esta esquelita 

que dice así: 

 "Esta noche debo asistir a la tertulia de Blanca Sol, y, como allá, todas van lujosísimas y 

además hay tanta competencia para llevar vestido estrenado; te suplico me prestes tu 

vestido, el que te regaló H. y que me dijiste que no te lo pondrías por temor de que tu 

marido sospechara algo de su procedencia. Dispensa hijita la franqueza, que si el vestido se 

mancha yo te lo pagaré". 

 El joven después de guardar a esquela que acababa de leer agregó: 

 Así es el lujo de algunas señoras, que llevan vestidos como éste, que cuesta doscientos 

soles, cuando la renta del marido no es sino de ochenta soles mensuales. 

 -Y dígame U. -dijo uno- si esa señora hubiera venido pobremente vestida, con su traje de 

percal, que es lo que buenamente podría llevar, cree U. que todos esos que en este momento 

le doblan la espina dorsal, más que a sus méritos personales, a su elegante toilette ¿cree U. 

se acercarían siquiera donde ella? 

 -¡Phist! eso es cierto; pero... 

 -Amigo mío: nosotros rendimos homenaje más que a las virtudes, al lujo de las mujeres, 

y luego queremos que no sacrifiquen la virtud para alcanzar el lujo. 

 -Vaya que razona U. como todo un moralista. 

 -Le diré más: hace pocos días que la señora O. que como U. sabe es esposa de un agente 

en el Callao, y en cuyo escritorio podría poner un rótulo que con toda propiedad dijera: 

Ageneia de Contrabandos me decía: -Ustedes nos estiman por los trapos más que por los 

méritos: hasta en la calle el saludo que nos dirigen está en relación con nuestro vestido: 

cariñoso, entusiasta, si el vestido es rico y el sombrero flamante; frío y casi obligado si 

vamos con nuestra manta sencilla y nuestro vestido negro, y ¿quieren ustedes que las 

mujeres no exijamos a nuestros maridos dinero en lugar de honradez...? 

 -He aquí un tema que se prestaría para escribir un libro entero de moral social. 

 -¡Cuidado! allí viene Blanca Sol. 

 -Y ¿qué me dice U. de esta belleza soberana? 

 -Digo que el día menos pensado, vamos a ver a un alcornoque Rubio llevando la banda 

presidencial del Perú. 

 -¡Calle, no moje hombre! 

 -Acuerdese U. de lo que yo le digo. 

 -Piensa U. acaso que los peruanos estamos condenados como los hijos de la maldita 

Babilonia a llorar eternamente nuestra desgracia. 

 -A llorarla cada día mayor. 

 -Pero amigo mío ¿qué datos tiene U. para creer en tales despropósitos?... 

 -¡Pues qué! no sabe U. que Blanca Sol es... Y acercándose al oído de su interlocutor, 

dijo algunas palabras que los demás no alcanzaron a oír. 

 En este punto se interrumpió la charla murmuradora de este grupo. Acababan de llegar 

otros altos personajes a los que fue necesario cederles el asiento. 

 Entre los concurrentes al baile, habían muchos de esos jovencitos que en los salones 

desempeñan el papel de enamorados perpetuos, y creen que en calidad de tales, deben 

rendir su corazón a los pies de las mujeres como Blanca. 

 Cuántos de esos son como ciertos fanáticos; se arrodillan a los pies de un santo, sin 

esperanza de alcanzar el milagro. 

 Desde que Blanca conquistó el codiciado puesto de mujer a la moda, diríase que sus 

atractivos se habían aumentado, su inteligencia había crecido, llegando el prestigio de su 

nombre a tal y tanta altura, que ninguna otra hubiérase atrevido a disputarlo la 

preeminencia. 

 Casi todos los concurrentes a sus tertulias eran pues, poco o mucho, algo enamorados de 

ella; pero como esos espadachines que manejan diestramente las armas, Blanca se batía con 

todos, sin que ninguno pudiera decirle la palabra convencional touché conque se designa al 

vencido. 

 Cuando la lucha tomaba el ardor de la pasión, o el tono sentimental del amor; se batía 

defendiéndose, hasta que acudía a lo que, en ella, era supremo recurso: la risa y el 

sarcasmo; esos dos congeladores del amor, que cuando no lo hielan, paralizan por el 

momento su ardor. 

 En medio de esta atmósfera cálida y saturada de perfumes, y si es posible la metáfora, 

diremos también de pasiones; allí Blanca respiraba a pleno pulmón, y parecía vivir en el 

elemento que necesitaba su alma. 

 Alcides Lescanti uno de los más seriamente enamorados de Blanca, y por consiguiente 

el más cruelmente herido con sus coqueterías; después de algunas estocadas dadas en falso 

habíale dicho. 

 -Blanca, para las mujeres como U. debería la sociedad levantar un presidio, en que se les 

condenara a cadena perpetua, o lo que para ellas sería lo mismo, a amor perpetuo. 

 -¡Amor perpetuo! -repitió ella- he aquí una palabra que yo sólo comprendería en galeras. 

 Y Blanca díjole a Alcides, que si al amor lo pintaban niño y con alas, era por ser 

esencialmente voluble y ligero, estando siempre dispuesto a cambiar y a huir. 

 En vano quiso Alcides dirigirle apasionada declaración, la cual, como de buen abogado, 

hubierala principiado en toda forma de ley, concluyendo con por ser de justicia... 

 Blanca era para él, algo como una golondrina, que cuando creía tenerla mejor asida, 

escapábasele de las manos, dejándole siempre la esperanza de cogerla de nuevo. 

 Y mientras ella jugaba al amor, D. Serafín jugaba a las cartas, aunque siempre 

disgustado y horriblemente contrariado, pensando que su esposa estaría bailando y 

coqueteando con sus numerosos adoradores. 

 ¡Ah! cuánto daría él por saborear tranquilamente la vida íntima del padre de familia, 

rodeado tan sólo de sus hijos y de su esposa. 

 ¡Sus hijos! Algunas veces en medio del regocijo general de una fiesta, sentía que le 

daban ganas de llorar; se acordaba de ellos entregados a manos mercenarias que nunca 

pueden reemplazar los cuidados de la madre. 

 Pero ¡qué hacer! La sociedad tiene exigencias ineludibles, y él que había tenido la dicha 

de ser el esposo de una mujer de tan alta posición social, se veía condenado a sufrir 

resignadamente este eterno martirio de ver que antes que esposa o madre, Blanca debía ser 

gran señora. 

 De estas sus crueles angustias desahogábase sólo con la madre de Blanca, con su suegra, 

la que siempre fue para él la más cariñosa mamá; pero lejos de hallar consuelo, o esperanza 

de mejoría, la aristocrática señora, hundía en el corazón del amoroso esposo más 

profundamente el dardo que lo hería. 

 ¡Pues qué! ¿cómo era posible que Blanca fuera madre de sus hijos? Las personas de su 

elevada posición social, se deben a la sociedad antes que a la familia; ella también en su 

matrimonio había sufrido grandes pesares, no tanto por los vicios de su esposo, cuanto por 

sostener su rango en sociedad. 

 Y luego pasaba a referirle cómo había perdido varios hijos, no por otra causa, que por 

verse obligada a dejarlos muchas veces enfermos, entregados al cuidado de las criadas, la 

peor ralea que hay en el mundo. 

 ¡Oh! las personas de nuestra condición somos víctimas de nuestros deberes sociales -

exclamaba muy amargamente la orgullosa madre de Blanca. 

 D. Serafín suspiraba con honda tristeza, sin resignarse jamás con los poco razonables 

argumentos de su aristocrática suegra. 

- XI - 

 Si el gran D'Orbigny, hubiera conocido a ciertos jovencitos de la sociedad limeña, su 

grande obra sobre las razas de la América meridional, no sólo se hubiera consagrado al 

estudio del hombre oriundos de América, sino también a la decadencia de la raza blanca del 

Perú, en la que, el raquitismo del cuerpo, va produciendo mayor raquitismo del espíritu. 

Empero hoy son ya pocos estos casos, y ya se piensa en que es posible corregir esta 

imperfección, resultado de incompleta y viciosa educación. 

 ¡Ah! ¡si las mujeres comprendieran cuánto influye la madre en la constitución física y 

moral del hombre; ellas solas podrían cambiar la faz de las naciones! 

 Luciano R era uno de esos jóvenes: su cuerpo endeble, su afeminada expresión, y su 

acicalado vestido, aveníanse a maravilla con el amaneramiento de sus modales y lo 

estudiado de su lenguaje. Usaba corbatas de formas extravagantes y colores abigarrados, los 

que no se iban en zaga con los de chalecos y pantalones. 

 Deprimir a los hombres y adular a las mujeres, era uno de los más grandes recursos que 

ponía él muy sabiamente en juego para ocultar la deficiencia de sus propios méritos. 

Comprendía que la escasez de su inteligencia lo condenaba a triste figura entre los 

hombres, y esperaba erguirse mejor, entre el vulgo de las mujeres. 

 Donde quiera que se rendía culto a la vanidad, al dinero, y a todo lo que en sociedad, sin 

méritos reales, brilla con el fulgor que le prestan los que componen el público; ese público 

veleidoso, ligero que se apasiona de lo superfluo, como es la moda, de lo fascinador como 

es el brillo de los salones; allí estaba él, como el favorito, no de los hombres de talento, ni 

de las mujeres de mérito, sino de toda esa multitud que forma número en sociedad. 

 Blanca trataba a Luciano con esa familiaridad con que las mujeres de gran tacto social 

tratan a los que, demasiados pequeños para llamarlos amigos o enemigos los colocan en el 

número de los indiferentes. Luciano para Blanca no era más que un indiferente. 

 No obstante en el público decíase, que en el banquete de las concesiones, la señora del 

Ministro, había servido profusamente a sus adoradores y amantes, y entre estos estaba 

Luciano. Y en prueba de esta aserción, citábase ciertas concesiones alcanzadas en 

negociados en los que él aparecía de testa. 

 De esta suerte la voz pública repitiendo una impostura, concluyó por hacer ascender a 

Luciano de adorador a verdadero amante de la señora Rubio. 

 Ella miraba con desprecio a Luciano, al que sólo aceptaba en su casa como un porta-
noticias, que necesitaba para amenizar su vida; él, por su parte, contribuía a confirmar esas 

calumnias, y con toda la ruindad de sus intenciones, llevaba su perfidia hasta decir que 

Blanca, le recibía en traje de mañana y en su dormitorio. 

 Era asiduo y constante parroquiano de todos los establecimientos públicos, frecuentados 

por la juventud elegante y alegre, donde, con daño de la salud y mengua de la buena 

digestión, se venden con nombres de aperitivos, brebajes, que no abren el apetito, y si 

enferman el estómago, y a más, van generalizando el horrible vicio de la embriaguez y por 

ende enfermedades que la medicina conoce con el nombre de alcoholismo. 

 En el cachito, Luciano había monopolizado los ases del dado, con los que alcanzaba 

beber doble y gastar sencillo. 

 No se diga por esto, que Luciano era dado a la adoración del dios Baco; esto lo 

desprestigiaría ante la buena sociedad a la cual pertenecía. 

 Luciano era, pues, hombre a la moda. 

 ¿Cuáles eran sus méritos? Hay hombres que en sociedad suben muy alto como la raposa 

de la fábula, a fuerza de arrastrarse. 

 Bailes, conciertos, banquetes, reuniones íntimas, todo un diluvio de invitaciones, 

llegaban a su morada, y hubo vez, que como los cirujanos dentistas, necesitó apuntar en su 

cartera, los días y las noches que ya contaba comprometidas. 

 Luciano pertenecía a una de esas familias, que sin bienes de fortuna, aspiran a ocupar 

alto puesto en sociedad, y a esta aspiración sacrifican, no sólo las comodidades de a vida 

íntima, sino también, los sagrados deberes de la educación de los hijos. 

 Aquí en Lima, donde hasta los artesanos aspiran que sus hijos sean doctores, ya sea en 

jurisprudencia o en medicina, los padres de Luciano, se conformaron con enseñarle a 

maltratar un poco el francés y un poco más a su propio idioma. 

 Pero ¿qué importa los títulos de sabiduría, cuando se posee el don de saber vivir en 

sociedad?... 

 Luciano conocía el arte de la adulación, llevado al último grado de perfección. Sabía 

saludar bajando el sombrero más o menos, no según él grado de amistad que lo unía a una 

señora, sino según eran pingües los caudales de la saludada. 

 Sabía al dedillo la cantidad a que ascendía la fortuna de todas las niñas casaderas de 

Lima. Y cuando algún amigo suyo, extremaba la riqueza de la señorita Tal, él con tono 

despreciativo decía: 

 -¡Quia! si no más que la hacienda de... y esa es puro monte. 

 Conocía con pelos y señales, la genealogía de las más encopetadas señoras de Lima. De 

la una decía que su madre había vivido en alegre tiendecita, en la que, al decir de las gentes, 

vendía cigarrillos; pero que en realidad vendía algo mejor, que le dejaba, sin gastar la 

mercadería, inmensas utilidades. Y a este tenor eran los apuntes genealógicos, dados por 

Luciano, de la mayor parte de las que lo invitaban y lo honraban con en amistad. 

 En presencia de esas mismas señoras, él sabía decir cosas muy graves, sin que se le 

pudiera llamar maldiciente. 

 En los grandes bailes y recepciones públicas, era sin disputa uno de los elegidos para las 

comisiones de recepción: estas comisiones las desempeñaba él con delicadeza y distinción. 

 Acontecíale con frecuencia, el verse mortificado, al darle el brazo a alguna señora de 

alta estatura, que presentando el término de comparación resultaba él demasiado pequeño, 

casi ridículo. Pero él soportaba estas mortificaciones, hallándose bien compensado, siempre 

que, a pesar de su pequeña estatura, ocupara el punto más visible de la reunión. 

 Su conversación al decir de sus amigas, era amena y entretenida. Nadie como él sabía y 

refería cosas tan interesantes, como por ejemplo, que los brillantes de la señora R. no eran 

comprados de la joyería sino de relance, y por consiguiente, había pagado sólo la cuarta 

parte de su precio. Que los de la señora M. eran regalados. ¿De dónde tendría ella para 

comprar esos brillantes? Conocía la procedencia de los ricos encajes de la señora H. ¡Bah! 

si los compró de una artista que en sus apuros de viaje, se desprendió a vil precio de sus 

encajes. 

 ¡Ah! que de cosas interesantes sabía Luciano. ¿Y en la política?... Y en las finanzas... 

 Qué falta podía hacerle la instrucción. ¿Para qué la necesitaba? Las niñas decía él, se 

quedarían dormidas, si yo fuese a hablarles de cosas pesadas. Y estas cosas pesadas, según 

el entender de Luciano, abarcaban todo lo que no fuera la chismografía de los salones. 

 Con los amigos hablaba de mujeres, de música, de toros, de caballos, y más que de todo 

esto, hablaba él de política, que la política es entre nosotros, el gran recurso de los 

ignorantes, de los ociosos y de los que no saben de qué hablar. 

 Todos decían, y el mundo entero repetía, que Luciano era rico: pero nadie conocía ni sus 

propiedades ni sus rentas. A pesar de esto ¿quién puso en tela de juicio los caudales de 

Luciano? 

 Como hombre a la moda, él era codiciado por los papás con hijas casaderas y viudas 

jóvenes, que deseaban sacrificarle a Cupido su, para ellas, querida libertad. 

 Luciano se dejaba mimar, y cumplía con suma galantería su cometido de adorador 

perpetuo del sexo llamado bello. 

 Desde muy temprano llegó a descubrir, que este papel de enamorado podría traerle 

grandes ventajas y especuló a maravilla, su condición de soltero y de partido codiciable. 

 Cuando él necesitaba un empeño (y es necesario no olvidar, que si el diccionario da a 

esta palabra un significado natural y lógico, entro nosotros es algo más; es la gran palanca, 

de poder incalculable con que se remueve todo el mundo social), cuando él necesitaba un 

empeño para uno de los Ministros de Estado, o para algún otro personaje influyente de la 

sociedad; hacía esta sencilla pregunta. ¿Tiene hijas casaderas? 

 -¡Sí! pues el campo es mío. 

 Y Luciano, desde este día, se declaraba pretendiente de la hija del Ministro, o de otro a 

quien necesitara. 

 No importaba que la niña, con la altivez y el buen tino de la mujer limeña, despreciara a 

Luciano: el papá que veía en él, un partido codiciable, lo agasajaba, y desde ese día lo 

tomaba bajo su protección. 

 Con esta práctica de pretendiente de unas y enamorado de otras, había él conseguido 

puestos honoríficos y destinos codiciables. 

 ¿Pero, que mucho que las papas lo protegieran y las mamás los mimaran, si hasta las 

Corporaciones literarias más respetables que honran a nuestro país, como era el Club 

Literario de Lima, le nombró socio, con gran asombro del mismo Luciano, que vino un día 

a caer en la cuenta, que él escribía hombre sin h y ojos con h?... 

 Pero ¡qué hacer! Luciano era hombre a la moda, y hasta las corporaciones más sabias, 

suelen dejarse arrastrar por la irresistible corriente de la moda. 

 Otra recomendación, contaba Luciano; y esta era de gran valía para las niñas juiciosas y 

las mamás timoratas; oía misa los domingos y días feriados, y en la iglesia sabía golpearse 

el pecho y doblar la espina dorsal con tanta o mayor gracia que en los salones. Es verdad 

que los templos, eran campos de batalla, donde él esgrimía sus armas de enamorado y 

adorador del sexo femenino. 

 -¿En qué iglesia oye Ud. misa los domingos? era la pregunta infalible que él dirigía a 

una joven cuando quería declarársele su rendido adorador. 

 Y las misas, y las novenas, eran otros tantos medios de que él se valía para llevar a cabo 

sus amorosas conquistas. 

 Eso sí, tratándose de principios, él no cedía el puesto de liberal del mejor cuño, que entre 

nosotros se precian de liberales hasta los sacristanes de las Iglesias. 

 A la sazón Luciano se había declarado furiosamente enamorado de la señora Rubio. 

 Llevaba entre manos un asuntito en el que debía entender el Ministro de Justicia y Obras 

Públicas, y aunque en este asuntito como ya se dijo, él no era más que testa esperaba ganar, 

debido a sus influencias, algunos realejos. 

 Sabía que el verdadero Ministro no era el caballeroso D. Serafín, sino su esposa, Blanca 

Sol, y juzgó que con su papel de enamorado oficioso y noticioso, conseguiría de la señora 

del Ministro, lo que indudablemente no hubiera alcanzado de don Serafín, el austero 

cumplidor de su deber. 

 Blanca se servía de Luciano, como se sirven los Gobiernos, de esa ralea vil que 

desempeña el oficio de policía secreta. 

 Luciano era para ella, como un agente de la policía chismográfica-amorosa. 

 ¿Cuántas ventajas esperaba él cosechar en este su interesante y honorífico rol? 

 ¿Quién podía asegurarle si andando los tiempos, no sería él, el verdadero amante de la 

altiva Blanca Sol? 

 ¿Qué más podía ambicionar Luciano? ¿No era acaso el joven mimado de los salones de 

Lima? 

 Si una señora quería mudar el mueblaje de su casa, Luciano era llamado a dar su parecer 

sobre el color, y su aprobación sobre la forma de los muebles. 

 Se trataba de un ministerio que caía y otro que se levantaba (esto sucede entre nosotros 

cada quincena) Luciano sabía, por qué caían los antiguos ministros y daba su fallo sobre los 

nuevos. Esto de dar su fallo el primer pelafustán que se presenta; ya sabemos que no es de 

novedad, aquí entre nosotros, donde hasta el cocinero y la fregona, censuran los actos del 

Gobierno, y condenan magistralmente al Ministro de Hacienda. 

 Cuando una de las amigas de Luciano daba un baile, él era el que tomaba los apuntes 

para los cronistas de los periódicos, él sabía conocer y distinguía perfectamente el surah del 

damasée, el gró del paño de Lión, y en conocimiento de encajes y brillantes, era más ducho 

que un mercader de estos artículos. 

 Los periodistas que, tratándose de descripciones de bailes, manifiestan entusiasmo tal, 

que más no sería, si se discutiera la preponderancia política y militar del Perú en América; 

apoderábanse de esos datos y para corresponderle tan señalado servicio, agregaban: -"Entre 

las personas notables que asistieron a tan suntuoso baile, vimos al señor Luciano R., que 

nombrado en la comisión de recepción atendía galantemente a sus amigas". 

 Y Luciano quedaba persuadido que él pertenecía al número de los notables. Y ¿cuanto 

más no lo sería, si él se hubiera consagrado al foro, a la diplomacia, o a otra carrera en que 

luciera sus dotes intelectuales?... 

 Cuando la polémicas de los diarios se enardecían y amenazaban un conflicto, como más 

de una vez ha sucedido, tratándose de saber si el vestido de la señora Tal fue color patito o 

color pavo real; entonces, Luciano era el llamado a zanjar la cuestión y su autorizada 

palabra resolvía el problema, serenaba los ánimos, y restablecía la armonía, próxima a 

romperse entre los escritores, que no llegaban a entenderse sobre tan delicado asunto. 

 No hay duda; donde quiera que el periodismo rindo homenaje al dinero, los necios son 

autoridades. 

- XII - 

 Una noche que Alcides en compañía de sus más íntimos amigos cenaba alegremente en 

uno de los hoteles de Lima, uno de los jóvenes púsose de pie y tomando la centésima copa 

de las ya apuradas, levantola en alto, diciendo: -Brindo por Blanca Sol la única mujer que 

ha encadenado el corazón de Alcides Lescanti. 

 Alcides palideció y con voz un tanto alterada, dijo: -Jamás, una coqueta que ha 

convertido su corazón en moneda feble, para repartirla a sus adoradores, será la mujer que 

encadene mi corazón. 

 Esta contestación fue para sus amigos no negativa, sino confesión de lo que por su 

corazón pasaba. 

 Cuando un hombre se indigna con la coquetería de alguna mujer, es por ser él una de sus 

víctimas. 

 Sus amigos comprendieron cuán verdadero es este principio, rieron de la indignación de 

Alcides, la que no alcanzaba a disipar ésta, para ellos íntima convicción: que él estaba 

locamente enamorado de Blanca. 

 Cada cual decía un chiste, o una sátira adecuada a esa situación: -Paréceme mentira que 

estuvieras enamorado al extremo de enfurecerte contra las coqueterías de Blanca, observa 

uno. 

 Otro, al parecer un literato, decía: -Toda la dificultad en conquistar el corazón de una 

coqueta, está, como en las novelas de complicado argumento, en escribir la segunda parte. 

En el corazón de las coquetas muchas llegan a escribir sólo la primera parte, por eso nunca 

alcanzan el desenlace. 

 Lescanti estaba pálido y profundamente contrariado, parecía que furiosa tempestad se 

desencadenaba en su alma. 

 El champaña, habíase libado hasta el punto en que se arrebatan las pasiones y se 

cometen los más grandes desvíos. 

 Uno de les presentes, aludiendo a las picantes palabras del que había hablado como 

literato, dijo: -Que dices de esto Alcides; parece que tú no llegarás a escribir la segunda 

parte en tus amores con Blanca. 

 -Qué ha de escribirla -observó otro- si Blanca Sol se ríe de Alcides como se ha reído de 

todos nosotros. 

 Alcides dio un golpe con el puño en la mesa, y con tono resuelto y casi furioso dijo: 

 -Juro a fe de Alcides Lescanti que antes de un mes seré dueño de Blanca Sol. 

 -¡Bravísimo! -Exclamaron entusiasmados todos sus amigos. 

 -Si tal alcanzas, te regalo mi yegua Mascotta que ganó en las últimas carreras. 

 -Y yo, te regalo mi colección de huacos que tú tanto codicias. 

 -Y yo -dijo un tercero- te doy un almuerzo en los jardines de la Exposición, y te corono 

de mirto y de laurel, como a los antiguos vencedores. 

 Todos hicieron apuestas interesantes y valiosas más o menos como las anteriores, 

dándole a las palabras de Alcides, el carácter de un reto importante. 

 Alcides arrugó el ceño y con tono disgustado contestó: 

 -¿Creen Uds. que yo soy de esos hombre, que conquistan a una mujer para lucirla, como 

lucen soles de oro, ciertos jovencitos, que llevan toda su fortuna en el bolsillo? 

 Uno de los presentes, sin dar importancia a las palabras de Alcides. Señores -dijo- hoy 

es doce de Agosto y por tanto el doce de Setiembre, nos reuniremos aquí, en la misma 

intimidad de hoy y premiaremos al gran vencedor, al héroe de la apuesta. 

 Los ¡Hurras! y los ¡Bravos! atronadores, seguidos de largos palmoteos respondieron a 

las palabras de los dos jóvenes, que acababan de dar tan feliz idea. 

 Todos se miraron los unos a los otros como para asegurarse una vez más, que estaban 

entre amigos de confianza, y en un cuarto reservado donde nadie podía escucharlos. 

 Uno de los jóvenes acercose a Alcides y hablándole muy quedo, díjole: 

 -¡Imprudente! Te has olvidado que está entre nosotros Luciano, el enamorado oficioso 

de Blanca. ¡Cuidado!... 

 Alcides alzose de hombros. 

 -Mira, con estos dos dedos puedo yo estrangular a Luciano. No temas, los cobardes son 

siempre prudentes y discretos. 

 -Cuidado, pues, ya sabes que Blanca es mujer vengativa, y puede hacerte algún daño. 

 -¡Qué puede hacer una débil mujer! 

 -Las mujeres pueden mucho cuando quieren. 

 Después de un momento se retiraron todos, preocupados con la apuesta de Alcides, pero 

sin ver en ella más, que una de las jactanciosas baladronadas con que muchos de ellos, 

menos Alcides, solían amenizar sus báquicas cenas. 

 Alcides arrepentido de su apuesta y contrariado de hallarse en tal situación, salió de allí 

con el propósito firme de no volver a hablar más de ella, considerando sus palabras, no más 

que cómo el resultado de la exaltación, traída por el champaña, y quizá también, por su 

amor propio herido. 

 Alcides esperaba la discreción y el secreto, contando que todos los presentes eran 

amigos suyos. 

 Pero los hombres suelen ser buenos amigos entre sí, siempre que mutuamente se 

halaguen el amor propio, y no se toque jamás sus intereses. 

 Así eran amigos, Luciano y Alcides. 

 Pero más que amigo de Alcides, Luciano quería ser enamorado de Blanca, enamorado 

oficioso que le valió el título de amigo Reporter, con el que ella quería significarle, que él 

no debía llegar a su casa sino como llegan a las oficinas de los periódicos los reporters. 

 Luciano cumplía su cometido y se consideraba remunerado si ella le decía. 

 -Es U. mi mejor y más útil amigo. 

 -Soy más que su amigo, su esclavo. 

 -Qué dicha tener amigos como U. 

 -Qué dicha amar mujeres como U. 

 -No me hable de amor, concluirá U. por malograr nuestra buena amistad. 

 -No me hable de amistad, concluirá U. por matar las más bellas esperanzas de mi vida. 

 -¿Cuáles son? 

 -Ser algún día el hombre que llegue a encender ese corazón de hielo. 

 -¡Cuidado! que puede quemarse en la llama. 

 -Esa es mi ambición, ¿no la realizaré jamás? 

 -Atrevida es la pregunta. 

 -Perdone U... brota del alma. 

 -Pero no llega a la mía. 

 -¿No llegará algún día? 

 -Quien sabe... 

 -Me enloquece la esperanza. 

 Blanca acercose a Luciano y con voz cariñosa a la par que burlona díjole: 

 -Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, porque de ellos es el reino de los 

cielos... y haciendo una mueca llena de gracia y lisura, se alejó dejando a Luciano ebrio de 

amor y esperanza. 

 Estos y otros semejantes, eran los diálogos, que Blanca sostenía con frecuencia, para 

mantener, como las vírgenes de Vesta, el fuego sagrado del amor, en el corazón de sus 

adoradores. 

 Así daba pábulo a las pretensiones de los vanidosos, de los necios, de los pequeños que 

necesitaban del nombre de amantes de ella, como de un pedestal, para levantarse algo más 

arriba del suelo. 

 Ninguno de sus enamorados se consideraba ser él, el único excluido de los favores de la 

señora de Rubio; lejos de esto, esperaban su turno, para cuando ella se "cansara del 

preferido" del que todos miraban con envidiosos ojos. Por entonces el preferido era, al decir 

de ellos, un Ministro de Estado, un señor de muy altas campanillas, que Blanca como en los 

tiempos de su soltería, aceptaba tan sólo por interés, por especulación, y puesto que Alcides 

era hombre acaudalado no le sería difícil realizar su propósito. 

 Si la noche de la cena se dijo, que Blanca se reía de Alcides como se había reído de 

todos los presentes, fue tan sólo como medio de herir su amor propio. 

- XIII - 

 Luciano se frotaba las manos de contento. Estaba en posesión de un gran secreto que 

debía llenar de asombro a la señora de Rubio. 

 Qué diría cuando él la dijera. -Su honor está en peligro; yo poseo la clave para salvarlo, 

para descubrir el complot urdido contra U. Yo que la amo y en servicio de U. traiciono la 

amistad a cambio de una mirada cariñosa, de una palabra de afecto. 

 ¡Oh! ¡qué dicha! de fijo que ella retornaría tan señalado servicio con elocuentes 

manifestaciones de cariño, que excitarían la envidia de sus numerosos adoradores. 

 Y aquella noche había gran baile en casa de Blanca. ¡Que feliz casualidad! 

 Él pasaría toda la noche en íntimas confidencias con ella. Lo principal en este caso era 

darle a su revelación el tono solemne y misterioso que despertara interés y asombro en su 

ánimo. 

 Bien pensado el asunto lo merecía. ¡Una apuesta lanzada en uno de los hoteles de Lima, 

ni más ni menos que si de una jugada de gallos o de una carrera de caballos se tratara!... ¡Y 

era él quien debía divulgar tal infamia, tal deslealtad! 

 A Luciano se le hacia agua la boca, pensando que esta vez si merecería el título de 

Reporter con que lo favorecía su querida amiga. 

 Pero cual sería su asombro cuando aquella noche de gran baile, Blanca por toda 

contestación a las primeras palabras de la misteriosa revelación de Luciano había 

prorrumpido en estrepitosas carcajadas: 

 ¡Bah! ¡ja!... ja... ja! que inocente es U... 

 Luciano palideció. La risa de la señora de Rubio era de aquellas que hielan la sangre. 

 -Señora su honor está verdaderamente en peligro, en tan poco lo estima U. que ríe como 

si se tratara de algo muy pequeño. 

 Blanca miró a Luciano con aire de supremo desdén, y marcando con intención sus 

palabras díjole: 

 -¡Pues qué! ¿no sabe U. que las mujeres como yo guardamos el honor en la caja de 

fierro, en que nuestros maridos guardan sus escudos? y la sociedad no ataca el honor de la 

mujer sino cuando la caja del marido está vacía. 

 -¡Blanca no diga U. eso! -habíale dicho Luciano estupefacto y pasmado por más que 

conociera las ideas en que abundaba ella. 

 -Cuando la caja está bien repleta, como está la de Rubio; no hay cuidado de que se 

pierda el honor, -habíale contestado con altanería. 

 Después de oír estas palabras. Luciano hizo una cortés reverencia resuelto a retirarse. 

 Blanca lo detuvo diciéndole: de esta advertencia, quiero que me diga U. ese secreto, y 

no se irá sin revelármelo. 

 -Señora... no me atrevo... 

 -Hable U. se lo pido en nombre de nuestra buena amistad. 

 -Es algo muy grave. 

 -No conozco nada grave si es que puede remediarse. 

 Luciano cumplió su cometido de enamorado oficioso y noticioso, refiriendo con todos 

sus detalles, la escena que ya conocemos, en que Alcides pronunció este atrevido 

juramento: 

 -Juro a fe de Alcides Lescanti que antes de un mes, seré dueño de Blanca Sol. 

 La señora Rubio palideció, no de rabia e indignación, sino de emoción. ¿Presentía tal 

vez su corazón, que el juramento de Alcides debía cumplirse? 

 Un momento después, Blanca, agitada, buscaba algo que la distrajera y calmara la 

impresión recibida con tan inesperada noticia. En su espíritu las emociones violentas 

necesitaban neutralizarse con otras nuevas. 

 Quizá si sólo en ese momento comprendió cuanto amaba a Alcides. 

 ¡Cuántas veces una pasión necesita para adquirir toda su vehemencia, del choque 

violento de difíciles y complicadas situaciones! 

 Hay mujeres para quienes el amor sólo principia con la lucha, con el combate; como 

esos marinos que gustan ver desatarse la tempestad, aunque ella los envuelva en sus 

encrespados torbellinos. 

 Bajo la influencia de estas emociones, más de pasión que de odio, acercose a una mesa 

donde algunos fuertes jugadores, jugaban el muy conocido rocambor; estos eran fuertes, no 

tanto por la maestría de su juego, cuánto por las gruesas sumas que cruzaban en las 

apuestas. 

 Vengo a ilustrarles su monótono rocambor -dijo dirigiéndose a uno de los jugadores. 

 -¡Magnifico! -exclamó éste poniéndose de pie. 

 -Un montecito viene muy bien de las manos de U. -observó otro, dirigiéndole una 

reverencia. 

 -Sí, voy a tallarles un monte; pero ha de ser con apuestas gruesas -dijo Blanca con la voz 

vibrante de emoción. 

 Blanca acostumbraba jugar a las cartas, como jugaba al amor, buscando en ambos 

juegos, no más que las fuertes emociones que su turbulento espíritu necesitaba. 

 Bien pronto un numeroso círculo de amigos, rodeaban a la señora de Rubio, que 

principió a tallar con maestría tal, que mejor no lo haría el más sereno y avesado jugador. 

 Aunque muchas personas le exigían que ocupara un asiento, ella lo rehusó, y quiso 

permanecer de pie, como si así pudiera dominar mejor a los demás jugadores. 

 La suerte principió a favorecerla notablemente. 

 Blanca doblaba las cartas, y recogía el dinero con gran desembarazo y donaire, 

dirigiendo alguna palabra aguda o alguna expresión chistosa, a cada uno de los presentes. 

 En ese momento se acercó a la mesa Alcides. 

 Entre las cartas, que Blanca acababa de tirar sobre el tapete, apareció un rey de espadas. 

 Blanca miró a Alcides y en tono de desafío díjole: 

 -Señor Lescanti ¿cuánto va U. a este rey de espadas? 

 Él con tranquila y risueña expresión contestó: 

 -Voy cien soles al rey de espadas. 

 -¿Nada más? -preguntó con tono despreciativo. 

 -Pues van quinientos soles -dijo él algo picado. 

 Ella acentuando con intención sus palabras agregó: 

 -Fíjese U. que el rey representa el número 12. 

 Alcides palideció, recordando la fecha que sus amigos fijaron para declararlo amante de 

Blanca, y acercándose con vivo interés a la mesa dijo: 

 -Pues bien; van dos mil soles. 

 -¿Ese es su último esfuerzo? -preguntó ella riendo con aire desdeñoso. 

 -¿Tan segura está Ud. de ganar? dijo él mirando con fiereza y atrevimiento a Blanca, la 

que con burlona sonrisa contestó. 

 -El número 12 me traerá siempre el triunfo. 

 -El número 12 me lo dará a mí también. 

 -La suerte me protege con descaro, decididamente. 

 -También a mi me ha protegido siempre del mismo modo. 

 -¿Ha cerrado Ud. su apuesta? 

 -No; quiero doblarla: van cuatro mil soles. 

 Al escuchar esta apuesta todos se miraron asombrados. 

 No obstante de ser toda gente acostumbrada a perder y ganar gruesas sumas; no estaban 

del todo familiarizados a ver a una señora, cruzando apuestas de cuatro mil soles. 

 La mirada profunda, centellante, fascinadora de Alcides envolvía, si así puede decirse, a 

Blanca, en su fluídica atracción. 

 Sin saber por qué, ella sintió gran perturbación, cual si esa especie de fuerza magnética 

que se desprenden del jugador que está en suerte, hubiérala repentinamente abandonado. 

 Como mujer nerviosa o impresionable, sintió la influencia de la mirada de Alcides. 

 -¿Están concluidas las apuestas? preguntó algo turbada. 

 -Sí, puede U. correr el naipe, dijo Alcides. 

 -Me voy -dijo Blanca, usando del tecnicismo propio de jugadores, y con visible 

emoción, principió a pasar con gran lentitud las cartas; diríase que cada una detenía por un 

instante las palpitaciones de su corazón. 

 También Alcides, con la mirada lúcida, la respiración agitada, y mordiéndose con furia 

los labios, miraba las cartas que ella corría lentamente. 

 Después de haber pasado diez o doce, Alcides con ademán de involuntaria sorpresa y 

con gozosa arrogancia exclamó: 

 -¡Rey, he ganado! 

 Las palabras de Alcides produjeron en ella el mismo efecto que una descarga eléctrica. 

 Quizá si más que la pérdida de cuatro mil soles, sentía la impresión de los amorosos 

brazos de Alcides, que la estrechaban apasionadamente. 

 Él, con la galantería del hombre de mundo, díjole: 

 Aun le queda el desquite. 

 -Sí -dijo ella en tono de desafío -aún me queda el desquite. 

 Blanca continuo jugando, pero Alcides se abstuvo de tomar parte en las apuestas. 

 La suerte continuó siendo cada vez más adversa para la desdeñosa esposa de don 

Serafín. 

 Como si las emociones del fuego contribuyeran a disipar, o cuando menos a 

amenguarlas del amor, aquella noche, contra su costumbre, quiso jugar largo y fuerte. 

 Cuando el juego hubo terminado, dirigiose a su esposo y con tono de mando, díjole: 

 -Ve a la mesa de juego y paga diez mil soles que he perdido. 

 -¡Diez mil soles! -repitió aterrado don Serafín, que aunque estaba habituado a pagar 

algunas de las deudas contraídas en el juego por su esposa, nunca la suma había subido 

hasta tan alta cifra. 

 D. Serafín, se retorció con furia los bigotes, y hubiera cometido la imprudencia de 

rehusar el pago, a no haber acudido a su mente, salvadora reflexión, cuya virtud, como un 

cordial, corroboró y confortó su espíritu, serenando sus iras, próximas a estallar a causa de 

esos malditos diez mil soles, perdidos por Blanca. 

 D. Serafín reflexionó, pues, que diez mil soles, debía él mirarlos como una patarata, 

siempre que su esposa perdiera dinero en vez de perder algo de más valor, el corazón por 

ejemplo. 

 No obstante estas reflexiones, cuando los convidados hubieronse retirado y ellos 

quedaron solos, D. Serafín acercose a Blanca y con acento que procuró endulzar cuanto le 

fue posible, y asiéndola cariñosamente por la mano, díjole: 

 -Mira, hijita mía, es necesario que tengas un poco más de juicio. 

 -Y ¿qué llamas tú tener juicio? 

 -Esta noche llevas perdidos diez mil soles. 

 -Bien, ¿qué hay de nuevo en eso? 

 -Que estas pérdidas, concluirán por traerme serios quebrantos en mi fortuna. 

 -¡Siempre la misma canción! -dijo Blanca algo enfadada. 

 -Te disgustas cuando te hablo de esto; pero es preciso que tú sepas, que de largo tiempo, 

mis rentas no son ya suficientes para sostener tus gastos, y digo gastos, por no decir 

derroches que es la verdadera palabra, agregó D. Serafín, tornando aire azás imponente, que 

al sentir de Blanca, veníale muy mal. 

 -¿Te propones disgustarme? -interrogó ella con el tono desdeñoso con que acostumbraba 

hablarle. 

 -No hijita -dijo él endulzando su voz de ordinario algo chillona- quiero que pienses, que 

tenemos seis hijos, que tú y yo estamos aún muy jóvenes y podemos tener otros seis más. 

 -¡Dios mío! ¡seis hijos más! exclamó Blanca horrorizada como si hasta ese momento no 

lo hubiera ocurrido la idea de que podía muy bien tener, como decía su esposo, seis hijos 

más. 

 D. Serafín, juzgó haber herido la cuerda patética de la situación y continuó: 

 -Sí, seis hijos más, y al paso que vamos, tú y tus doce hijos, llegarán un día a verse 

pidiendo limosna de puerta en puerta, y nadie se compadecerá de ti, recordando, que 

derrochaste la fortuna que mi buen padre, alcanzó a reunir a fuerza de economía y trabajo. 

 Blanca sacudió su cabeza con altivez, como si temiera que esta relación pudiera 

mancharla, y luego poniéndose de pie, y con acento de tranquila convicción dijo: 

 -Al escuchar el tono melodramático que empleas para pintar mi futura miseria, 

cualquiera juzgaría, que nos encontramos en vísperas de un fracaso irreparable. 

 -¡Quién sabe sino está lejos! -exclamó D. Serafín con profética entonación. 

 -Escúchame Rubio -dijo ella con gracia y dulzura- tengo fe en el porvenir: mi estrella 

jamás se ha nublado: no temas y ya verás que siempre nos sonreirá la fortuna. 

 Y risueña, tranquila, bellísima, dirigiose a sus habitaciones. 

 D. Serafín mirándola partir, exclamó. 

 -¡No hay remedio, mi ruina es inevitable!... 

 Un momento después ambos estaban en el lecho. Ella pensando en la apuesta del rey de 

espadas; él en la próxima y espantosa ruina de su fortuna. 

 Blanca se revolvía en el lecho, agitada, nerviosa, sintiendo deseos de levantarse e ir a 

respirar el aire libre de los balcones, necesario para calmar en ese momento el fuego del 

pensamiento que enardecía su frente. De vez en cuando hondo y largo suspiro se exhalaba 

de su pecho. 

 Don Serafín, que también estaba como ella desvelado, regocijábase con las angustias y 

agitaciones de su esposa, las que él tradujo con estas palabras: Es el arrepentimiento por los 

diez mil soles que ha perdido. 

 ¡Tonto! Blanca no volvió a pensar en la pérdida del dinero; pero sí pensaba en la apuesta 

de Alcides. 

 Y D. Serafín para dar mayor gravedad a la situación y acentuar más profundamente 

aquel supuesto arrepentimiento hablole así: 

 -¡Blanca! ¿estás dormida? 

 -No, estoy horriblemente desvelada. 

 -Es natural. 

 -Natural ¿por qué? 

 -¿Crees que después de haber perdido diez mil soles se puede dormir tranquilamente? 

 -¡Ah! lo había olvidado. 

 -No la confiesa -se dijo él y agregó: 

 -Mañana me despertarás muy temprano, si es que me duermo. 

 -Está bien -contestó ella disgustada de haber sido interrumpida en sus amorosas 

reflexiones. 

 -Mañana necesito salir temprano para buscar los diez mil soles que... 

 -Cierto, no lo olvides, si fuera cantidad más pequeña podíamos hacer como otras veces. 

 -¿Qué? 

 -No pagar. 

 -¡Oh imposible! Qué se diría de mí ahora que soy Ministro. Mañana antes de las doce 

del día pagaré esos diez mil soles. 

 -¡Qué hacer! Y Blanca después de esta exclamación, fingió dormir tranquilamente. Él 

continuó hablando: 

 -Tendré que hipotecar por segunda vez mi casa de la calle de... 

 -¡Cómo! ¿también esa la tienes ya hipotecada? 

 -Esa y todas. ¿Lo ignoras? ¡Ah! es que sólo yo comprendo la ruina que se me espera, 

sólo yo sé hasta donde alcanza esta serie de deudas o hipotecas que tú te empeñas en 

ignorar... 

 -¡Calla! ¡déjame dormir! -contestó ella. 

 Aquí estallaron las iras de D. Serafín. Encendió la luz pareciéndole que así podrían 

producir mejor efecto sus palabras. 

 Pagar diez mil soles del juego, cuando las rentas no alcanzaban para los gastos 

ordinarios de la casa; ¡esto no era posible soportarlo en silencio! 

 Habló, vociferó, maldijo de su suerte. Su cariño y sus condescendencias eran causa de 

esta situación. Para vivir así valía más morir; pero ya pondría remedio a esta situación cada 

día más insoportable. Apenas salía de una deuda que ya otra más apremiante llegaba; y 

todas eran resultados de gastos superfluos, todos eran en la casa derroches, despilfarros; a 

seguir así él concluiría por levantarse la tapa de los sesos... Sólo por sus hijos, podía 

arrostrar trances tan amargos y situaciones tan violentas. 

 ¡Oh! aquello fue borbotones de palabras y escupitajos de bilis... 

 Pero, en lo más acalorado de su monólogo, fue preciso callar... 

 ¿Para qué continuar hablando? Sería lo mismo que hablarle a las sombras... ¡Blanca se 

había dormido!... ¡Sí, no podía dudarlo; estaba dormida! 

 Cuando alguno de estos ímpetus coléricos acometían a D. Serafín, su esposa tenía el 

buen tino de guardar silencio y esta vez hasta fingió dormirse. 

 Y luego aquella palabrería insustancial la desviaba del punto donde ella quería fijar su 

pensamiento. 

 ¡Alcides! Maldita apuesta que no se separaba un momento de su recuerdo. 

 Cualquiera diría que había bastado conocer la osadía con que él había jurado poseerla 

para que ella se enamorara, y quizá también lo amara apasionadamente. 

 Lejos de sentir indignación, vergüenza, deseo de vengarse, sentía deseo de ver Alcides, 

de coquetear con él, de incitarlo al amor con toda la astucia y el artificio con que ella sabía 

deducir. 

 El día siguiente fue para D. Serafín, de grandes apuros, de premiosas idas y venidas, de 

mirar el reloj contando los minutos trascurridos. Habíase propuesto pagar las deudas de su 

esposa antes de las doce del día. Y... ¡las pagó!... ¡¡¡Sí, las pagó!!!... 

- XIV - 

 En este medio ambiente cargado de galanterías, de lisonjas y requiebros, en el que vivía 

la señora Rubio, siendo ella la más coqueta, la más despreocupada y quizá también la que 

menos amaba a su esposo; ¿quién no había de juzgar que ella hubiera llegado con su andar 

atrevido hasta penetrar en el abismo del adulterio? Y en la despreocupación de su carácter, 

imaginarse que aquello fue no más que pasajera caída, una de las muchas que se dan en el 

vertiginoso vals de dos tiempos. 

 ¿Qué fue aquello? ¡Nada! Un resbalón en el tapiz del salón. Así pudo ella muy bien 

haber dicho. 

 Pues bien, téngase muy en cuenta, que en los diez años de matrimonio que han 

trascurrido, Blanca no le fue nunca infiel a D. Serafín. 

 ¿Por qué ha sucedido así? ¿Puede realizarse esta antítesis del sentimiento moral? 

 Es acaso cierto aquel pensamiento de Víctor Hugo, en que dice, hablando de la caída de 

una mujer: "Hay ciertas naturalezas generosas que se entregan, y una de las 

magnanimidades de la mujer es el ceder". 

 De donde será forzoso inferir, que la mujer egoísta, calculadora, vana, será la menos 

expuesta a caer. 

 Sí, cierto, hay magnanimidades que llevan a una caída, como hay egoísmos que llevan a 

una virtud. 

 Preciso es confesarlo resueltamente, muchas virtudes sociales provienen de grandes 

imperfecciones del alma; así como muchas culpas nacen de grandes cualidades del corazón. 

 ¿Cuántas mujeres caídas simbolizan una alma generosa, amante, tierna, abnegada...? 

 ¿Cuántas fidelidades conyugales simbolizan, y por otra porte, vanidad, egoísmo, 

frivolidad, futileza? 

 ¿Veis aquella mujer? Es una joven. Lleva severo vestido negro de rigurosa sencillez, y 

parece arrastrar el duelo de sus muertas ilusiones. 

 ¡Ah! Es una alma que ha amado; ha amado tanto; que juzgó, que sacrificar familia, 

honra, porvenir, todo en aras de su amor, aun era poco. No importa que a cambio de sus 

sacrificios, sólo cosechará abandono, olvido, desprecio: ella guarda en su alma como en su 

santuario, el recuerdo de su desgraciado amor. 

 En contraposición a ésta, miremos a una gran señora, es admirada y adulada en todos los 

círculos sociales. Desde muy temprano aprendió a servirse del amor como de un motor, 

para remover obstáculos, alcanzar influencias, y realizar proyectos, personificando una de 

esas figuras que Balzac ha trazado con mano maestra en "Las mujeres sin corazón" ¿Cuáles 

son pues sus cualidades? Es vana superficial, frívola, orgullosa; ha consagrado todo su 

tiempo a la moda, al fausto, y ha alcanzado por la extravagancia de su tocado y el lujo de 

sus vestidos que la proclamen reina de la moda. Sus amigos, aquellos que con los mismos 

defectos de ella, la encuentran modelo de perfecciones, la admiran sin alcanzar a descubrir 

que todas sus grandes cualidades, provienen de grandes deformidades del espíritu. 

 No nos extrañe, pues, que Blanca, con iguales defectos e imperfecciones, tal vez sin 

darse ella misma cuenta de que procedía bien, fuera esposa fiel, no tanto por amor a su 

esposo, cuanto por falta de amor a otro hombre, no por virtud, sino por... ¿que diré...? 

Preciso es confesarlo: el tipo de Blanca aunque real y verdadero, se escapa a toda 

definición. 

 ¿Será que en ciertas naturalezas, la lisonja, la vanidad, el ruido de las fiestas, les sirve 

como de antídoto contra el amor? 

 O ¿será acaso que absortas en la contemplación de la propia belleza, han alcanzado 

acallar la vibradora fibra que el corazón de la mujer amante jamás deja de ser herida por la 

mano del amor? 

 Sin que con ninguna de esas suposiciones, crea pueda satisfacerse al observador que 

estudia los fenómenos sociales, que a su vista se presentan; continuaré la historia de la 

señora Rubio, en la que encontraremos uno de los tipos más indefinibles que en la alta 

sociedad se ven. 

 Y en muchos casos, ni la moral religiosa, ni la moral social, puede decirse que 

encaminan los pasos de esa esposa. 

 ¿Qué viene a ser pues, la virtud, sin la idea moral, sin el principio religioso, sin el guía 

del bien y sin la conciencia de sí misma...? 

 Si Blanca no le ha sido infiel a D. Serafín en los diez años trascurridos, ¿podremos 

asegurar que no lo será muy pronto?, ¿tan pronto como desaparezcan las causas fútiles y 

pasajeras que hasta hoy la han salvado? Quizá si ella misma no se atrevía, llamase virtuosa, 

a pesar de su constante fidelidad. 

 Mucho tiempo hacía que pensaba en un amante, como en algo que contribuiría a 

amenizar su vida, y miraba a Alcides como el único hombre que llegaría a conquistar su 

corazón. Otras veces llevaba su recuerdo hacia su antiguo novio, al que tan amorosamente 

díjole un día: Cuando yo sea la esposa de Rubio, te daré toda la felicidad que hoy deseas. 

 Pero este joven que tan sincera y caballerosamente la amaba, no pudo resistir el pasar de 

verla casada con D. Serafín, y partió del Perú, dos días antes del matrimonio, resuelto a no 

volver jamás. 

 Si Blanca hubiese llevado vida solitaria, aislada de la alegre sociedad que la rodeaba, 

hubiera sin duda consagrado todos sus recuerdos y sus afectos a su primer amor, a aquel 

joven que ella verdaderamente amó; pero en medio de la agitada vida de "gran señora", y 

más aún, de gran coqueta, apenas si podía entregarse a sí misma, y evocar los más dulces 

recuerdos de sus amores; entonces veía surgir en su mente la figura gallarda y siempre 

seductora de su antiguo novio, e involuntariamente le comparaba a D. Serafín, a su marido, 

y exhalando amorosísimo suspiro, solía decir: -¿cuánto le hubiera yo amado si él hubiese 

querido vivir cerca de mí...! 

 Y esta idea la entristecía a ella que tan poco susceptible era a la tristeza. 

 Sentía el vacío de su vida, y anhelaba algo como un ideal, que refrescaba la árida 

sequedad del fondo de su existencia y del fondo de su alma; algo coma una gota de rocío 

sobre el abrasado desierto de su corazón. 

 Tal vez se dirá: ¿por qué Blanca, en diez años de matrimonio, con un hombre a quien no 

amaba, no ha sentido antes esa imperiosa necesidad...? A lo que será preciso contestar 

dando esta razón poderosísima: Blanca, acababa de cumplir treinta años. 

 Edad temible, que los maridos celosos y las mujeres que no aman a su poco simpático 

conyugue, deben mirar como el Rubicón del matrimonio. 

 ¡Cuánta diferencia, entre un hombre de treinta años, y una mujer de la misma edad! 

 El uno ha derrochado su corazón junto con su cuerpo, la otra ha atesorado afectos y ha 

atesorado vida. 

 Por eso el hombre dirá eternamente con el poeta: Funesta edad de amargos desengaños. 

Y la mujer eternamente dirá: Funesta edad de espantosas tentaciones. 

 Hasta ahora Blanca se ha salvado ¿se salvará después? 

 Con esa volubilidad propia de los caracteres vehementes impresionables, más de una vez 

sintió que esas corrientes simpáticas que son como alboradas del amor; estremecieron su 

alma, y la llevaron a sentir las primeras vibraciones del amor; pero las emociones 

sucedíanse de tal suerte, que la impresión recibida hoy, era por otra borrada mañana. 

 Aquí debemos hacer una observación: ciertos maridos aseguran la fidelidad de su esposa 

por los muchos adoradores de ella, más que por los propios méritos de ellos. 

- XV - 

 ¡Un diálogo amoroso entre Blanca y Alcides!... He aquí algo digno de copiarse, si todos 

los diálogos amorosos no fueran parecidos en la forma y en el fondo. 

 Todos los hombres fingen sentir con el mismo ardor; todos las mujeres fingen huir con 

el mismo empeño. 

 Si el autor de la leyenda bíblica, hubiera querido entrar en detalles, como lo hacemos los 

novelistas; hubiéramos referido, cómo, en el primer momento, huyó Eva cuando Adán le 

dijo: -Yo te amo. Sí, debió huir; pero no tanto que él no pudiera alcanzarla. 

 No culpemos por ello al hombre ni a la mujer. La Naturaleza ha confiado la 

conservación y perfeccionamiento de las razas a sentimientos invencibles. Y si el primer 

impulso del pudor, es huir, otro más poderoso acerca a la mujer, hacia el ser que la ha de 

acompañar en su misión sobre la tierra. 

 Blanca y Alcides departieron amorosamente. 

 Cuando una mujer y un hombre hablan de amor; una mano invisible traza en ese 

momento el camino fatal que ambos deben seguir. ¡Cuántas veces se resuelve el destino de 

un individuo por el sesgo que torna un diálogo amoroso que la casualidad le llevó a 

entablar!... 

 Blanca no había llegado todavía a la época de la pasión verdadera; de la pasión que ella 

era aún susceptible de sentir; más que amar quería coquetear con Alcides; gustaba que fuera 

mejor con él, que con otro, por razones de amorosa simpatía. No estaba decidida a que él 

fuera lo que ella hubiera llamado su amante oficial, impuesta a la sociedad y aún a su 

propio marido. No: ella gustaba del amor como de las joyas, como de los vestidos. 

 Entregarse a un hombre le parecía rebajamiento de su dignidad, no de esposa, ni aún de 

mujer, sino de gran señora. 

 La aureola de la mujer a la moda, creía que debían formarla no sólo los aduladores, nada 

pretensiosos, sí que también, los aduladores, los que mucho solicitan. Ella despreciaba a 

esas mujeres que aceptan por amante al hermano de su esposo o al amigo íntimo de la casa, 

y los tres forman una trinidad, que da por resultado el ridículo y la burla para el marido. 

 Y si don Serafín, como individualidad aislada sin su cualidad de esposo modelo, poco le 

interesaba; comprendía que la marca con que la sociedad señala al hombre que va al lado 

del amante de su mujer, si lo desprestigia mucho a él, la deshonra mucho más a ella. 

 No era pues, ni la idea moral ni el sentimiento del bien lo que la mantenía en ese estado 

de fidelidad conyugal, que no podía llamarse virtud, pues que a ella concurrían móviles 

indignos de la mujer verdaderamente virtuosa. 

 Aquel día, más que otros, Blanca y Alcides hablaron largamente de amor, y después de 

largo diálogo semi-romántico, Alcides estrechando atrevidamente el talle de Blanca, intentó 

besarle el cuello, postrándose luego a sus pies. 

 Blanca, no era de la misma opinión, de aquel que ha dicho: a una mujer se le ofende 

hasta arrodillándose ante ella. 

 No fue pues por sentirse ofendida, por lo que, con un brusco movimiento se desació de 

él, y poniéndose de pie dijo: 

 -¡Vaya no sea cándido! ¿Qué se ha vuelto U. loco? Déjese de romanticismo novelescos, 

-y riendo burlona a la par que satíricamente, desaciose de los brazos del joven que 

amorosamente la enlazaban. 

 También Alcides levantándose de su arrodillamiento miró sorprendido a Blanca. 

 El diálogo amoroso sostenido entre ambos, había sido tan apasionado, tan ardiente, que 

las palabras y la risa de Blanca, cayeron en el corazón del enamorado joven cual frío 

líquido sobre enrojecido hierro. 

 Y como si sólo hubiera alcanzado a comprender una palabra de las de Blanca con tono 

indignado exclamó: 

 -¡Loco! sí, U. concluirá por volverme loco. 

 Blanca permaneció en silencio. Quizá si esa risa sarcástica y esas palabras hirientes, no 

habían sido más que recurso de mujer astuta, que antes de caer rendida, se gozaba en 

escaramuzas, con las que esperaba incitar a su perseguidor. 

 Pero Alcides que se encontraba en uno de esos momentos de excitación nerviosa y de 

ofuscamiento intelectual, pensó que había perdido el cuarto de hora propicio en que las 

mujeres como Blanca dejan de ser coquetas, ligeras, burlonas para ser mujeres, es decir 

para sabor amar. Recordó que había ido allá no a sostener diálogos amorosos, más o menos 

románticos, sino muy resuelto a dar solución definitiva a su situación, largo tiempo ya, para 

él, insoportable. 

 Recordó aquella maldita apuesta, aquel juramento de llegar a ser el dueño, es decir el 

amante feliz de Blanca Sol. Este cuasi desafío que si bien hubiera querido él olvidar, su 

amor propio le recordaba diciéndolo: perderás tu prestigio de galán afortunado y tus amigos 

te obsequiarán burlas y sátiras dignas de un alardeador badulaque, indigno de alcanzar lo 

que cualquiera de ellos juzga muy posible obtener. 

 Alcides sentía los ímpetus más que amorosos, rabiosos, del hombre que ha tiempo 

incitado y siempre burlado, siente el coraje de la desesperación: su sangre italiana rebulló 

en sus venas: miró a Blanca que con la sonrisa provocativa de sus labios rojos, fuertemente 

incitantes, y sus ojos, en ese momento lánguidos, le miraban, y sus nervios se 

estremecieron de rabia y de amor. 

 Sin darse cuenta de sus acciones lanzose rápido como el león sobre su presa, y 

estrechando con acerados brazos a Blanca, la atrajo hacía sí, sin que ella pudiera evitarlo. 

 -¡Te tengo en mi poder! -díjole confundiendo su aliento con el de ella. 

 -¡Sería U. un infame! -exclamó ella intentando desasirse de Alcides enrojecida de 

cólera. 

 Una lucha se trabó entro ambos. En ese momento comprendió Alcides el papel indigno y 

también ridículo que desempeñaba, y dominando su propia exaltación dejó libre a Blanca. 

 Ella furiosa y con amenazador ademán díjole: 

 -Yo vengaré como merece esta infamia. 

 Y con la altivez de una reina y la desenvoltura de una coqueta, dirigiose a la alcoba. 

 Alcides bajo la influencia de su nerviosa excitación, pusose de pie, resuelto a seguirla. 

 En ese momento un vértigo pasó por su cerebro: llevose ambas manos a la frente, asió 

con rabia sus cabellos y estremeciéndose, de amor e indignación, cayó como si una oleada 

de sangre, hubierale inundado el cerebro. 

 Blanca antes de salir de la alcoba, miró desdeñosamente a Alcides que acababa de caer, 

y sonriendo con impasible serenidad dijo. 

 -He aquí una escena muy dramática. 

 Después de un momento Alcides, volvió en sí, y al encontrarse solo, procuró serenarse, 

ordenó sus cabellos lo mejor que pudo, y luego mirando en torno suyo, como si, recordara 

la escena que acababa de pasar dijo: 

 -¡He sido un bárbaro! ¡Qué locura!... 

 En la alcoba contigua decía casi al mismo tiempo Blanca: 

 -¡Tonto! pudiendo llegar al Cielo, se ha ido al Infierno. ¡Ya pagará caro su tontería! 

 Las mujeres como Blanca, se vengan como de una ofensa, del hombre que no ha sabido 

seducirlas. 

 Alcides, tomó su sombrero para retirarse; pero al colocárselo, sintió dolorosa impresión, 

y un ligero cosquilleo en la mejilla; llevose la mano a la frente y volvió a retirarla. 

 Era sangre de una pequeña herida, que al caer contra uno de los muebles de agudas 

talladuras, había recibido en el sobrecejo. 

 Alcides sacó su pañuelo, enjugó repetidas veces la herida; pero la sangre continuó 

saliendo, y fuele preciso salir a la calle comprimiendo la herida con su pañuelo. 

 Un momento después, llegó don Serafín, tranquilo y satisfecho como estaba de 

ordinario. 

 Al pasar por el sitio en el cual Alcides acababa de caer, detuvose y miró al suelo 

asombrado. Luego se inclinó y tocando con los dedos una pequeña mancha roja, que en el 

rico alfombrado de fondo blanco, con flores celestes resaltaba notablemente. 

 -Esta es sangre, -observó: 

 Y luego, como si dudara de lo que sus ojos veían, volvió a pasar la mano por la mancha 

roja, se acercó a la puerta como para mirar a toda luz. 

 -Sí, no hay duda, esta es sangre, -repitió; pero esta vez ya bastante alarmado. 

 Luego se dirigió a la habitación a donde estaba Blanca, y con voz algo agitada llamó, 

diciendo: 

 -¡Blanca! hija mía, ven, mira, acabo de descubrir una mancha de sangre y está todavía 

caliente. 

 Estas palabras de don Serafín excitaron la risa de Blanca, recordándole el calor de la 

escena que acababa de pasar. Luego con su imperturbable serenidad, acercose al lugar de la 

mancha, y con sonrisa llena de malicia quedósela mirando, mientras don Serafín decía: 

 -¡Pues qué! ¡parece cosa increíble! una mancha de sangre y tú ignoras de donde viene... 

 Blanca con su adorable coquetería dijo: 

 -¡Ah! ya recuerdo; es una palomita herida que me trajeron, y allí le dio una convulsión 

que creí que muriera. 

 -Una palomita herida -repitió don Serafín como si dudara de las palabras de su esposa. 

 -¡Ah! si tu hubieses visto; te hubiera inspirado compasión: estaba herida en el corazón. 

 -¡Pobrecita! contestó don Serafín del todo convencido. 

 Y ambos se retiraron, no sin que ella dirigiera a su esposo una mirada de supremo 

desprecio. 

- XVI - 

 Desde que don Serafín alcanzó a ser Ministro, parecíale haber crecido cuando menos 

diez pulgadas más. 

 Caminaba con más lentitud, pensando que todo un señor Ministro, no puede andar así, 

como un simple mortal. 

 Nunca más volvió a suceder, lo que antes con tanta frecuencia le acontecía, que su 

esposa le observara el cuello de la camisa de dudosa limpieza, y las uñas de las manos de 

medio luto. 

 Y ¡cosa rara! o más bien diremos, cosa muy común a la ceguera de la vanidad del 

hombre. D. Serafín se olvidó muy pronto, que su nombramiento para llevar la cartera del 

Ministerio de Justicia, era obra pura y exclusivamente de Blanca; y siguiendo ese vanidad 

lógica del amor propio, discurrió, que sus merecimientos, no podían haberle conducido a 

otro puesto, que aquel tan magistralmente desempeñado. 

 Blanca por su parte pensaba: 

 -Si yo llego a levantar a este hombre hasta la Presidencia de la República, como lo he 

elevado hasta el desempeño de una cartera, diré que yo Blanca Sol, puedo con sólo mi 

poderoso querer, remover las cordilleras de los Andes. 

 Y Blanca indujo a su esposo para obligarlo a dirigirse a los Prefectos y demás hombres 

influyentes de los departamentos, iniciándolos en sus proyectos de lanzar en las próximas 

elecciones su candidatura para la Presidencia de la República. 

 Esta vez don Serafín no manifestó asombro, ni le causaron novedad, las pretensiones de 

su esposa, como sucedió la vez primera, cuando ella le manifestó sus aspiraciones a un 

Ministerio. 

 Y D. Serafín muy seriamente se dio a tramar toda una serie de proyectos trazándose la 

línea de conducta con la cual debía llegar directamente al elevado puesto designado por su 

esposa y también por su conciencia, como merecimiento de su gran valía. 

 También Blanca en sus vanidosas aspiraciones esperaba llegar a ser en la escala política, 

lo que era en la escala social; la cima más elevada a que puede subir una mujer en la alta 

sociedad. 

 De esta suerte dando pábulo a sus ambiciosas pasiones se desviaba y retenía el 

crecimiento de una pasión que arraigando y desarrollándose, lenta, pero poderosamente, 

como planta nacida en rico terreno, ocupaba ya el corazón de la señora de Rubio. 

 Esta era su amor a Alcides. 

 No basta que la mujer vea elevarse a su esposo a la más encumbrada posición social; es 

necesario para que ella lo estime y lo ame, que lo juzgue digno de esa posición. 

 D. Serafín, Ministro y futuro candidato a la Presidencia de la República, con todos sus 

humos de estadista y gran político; no alcanzó a elevarse ni un palmo a los ojos de su 

esposa. Era siempre el mismo de antes, el hijo del soldado colombiano, del avaro vendedor 

de cintas y sedas de la calle de Judíos. Era el mismo ser de inteligencia obtusa y espíritu 

apocado, que sin la iniciativa de ella, sin sus atrevidas aspiraciones y su distinción en 

sociedad, sería nada más que uno de tantos, uno de los muchos, que ella miraba en esa 

sociedad con desprecio y que, según decía, no alcanzaban a brillar, ni aun con el reflejo del 

brillo de sus escudos. 

 Y a medida que crecía la vanidad de don Serafín, decrecía la estimación de Blanca, y 

como consecuencia, su corazón buscaba el amor de otro hombre, que llenara el vacío que 

había principiado a sentir en su alma. 

 Hasta la honradez y rectitud de don Serafín, llegó a desestimarlas. 

 ¡Honrado! -decía- por incapacidad de poder ser pícaro. 

 Para lo primero, juzgaba que sólo necesitaba ser un buen hombre, un pobre de espíritu; 

para lo segundo, creía que se necesitaba talento, mucho talento. 

 Y Blanca se indignaba, al ver que su esposo había sido incapaz de hacer negocios, en el 

Ministerio, como otros muchos, decía. 

 D. Serafín por su parte estaba tranquilo, satisfecho de sí mismo y del cariño de su 

esposa. 

 Sus celos se disiparon, precisamente en el momento en que debían haber principiado; en 

el momento en que Blanca quería dejar de ser el ídolo del amor de muchos hombres, para 

ser la adoratriz, esclava del amor de uno solo. 

 Alcides, por su parte, había entrado al periodo de amor tranquilo y esperanzado. 

 Hacía largo tiempo que estaba él acostumbrado a neutralizar los desdenes de una mujer 

con las caricias de otra. 

 Decía que así como todos los venenos tienen su antídoto, todos los amores deben 

encontrar el suyo. Y buscaba tranquilamente a la mujer que había de darle el antídoto 

contra el amor de Blanca. 

 Con esa experiencia del hombre de mundo, y el conocimiento de los más ocultos 

resortes de las pasiones, Alcides fingió en presencia de Blanca, glacial frialdad. 

 Su amor parecía no sólo haberse disipado, sino también haberse borrado de sus 

recuerdos. 

 -¡Ah! ¡estaba Ud. allí! dispense Ud. señora no la había visto. -Qué de días que no tengo 

el gusto de verla. -¡Como! si hace dos noches que nos vimos en el teatro. -¡Ah! verdad lo 

había olvidado -Ayer pasó Ud. por esta calle y no miró Ud. una sola vez a mi balcón. -Sí, 

cierto pasé tan distraído que no me dí cuenta de ello. 

 Estos diálogos y otros semejantes, repetíanse frecuentemente con intenciones 

premeditadas de parte de Alcides. 

- XVII - 

 ¡D. Serafín! ¡Qué ser tan prosaico para tan fantástica mujer! 

 Cuando en las mañanas él se levantaba el primero, y Blanca lo veía en paños menores, 

yendo y viniendo del lavabo al lecho; y muchas veces en ese mismo traje, se sentaba allí, en 

la alcoba, en la mesa de mármol con talladuras e incrustaciones de metal, a tomar el 

desayuno que lo servía Faustina ¡oh! entonces ella se cubría la cara con las sábanas para no 

verlo, y exclamaba. -¡Dios mío! que hombre tan vulgar. 

 Si le hubieran dicho a él, que con esa conducta ganaba en ridículo lo que perdía en 

amor: él se hubiera asombrado más que si le dijeran que con su desaliñado traje y su 

desayuno, iba a asesinar a su esposa. 

 ¡Como! pues qué, ¿el matrimonio no es así? Para qué se casa un hombre, sino es para 

estar en completa libertad con su mujer. Si se ha de guardar miramientos y tener pulcritudes 

molestas y embarazosas, preferible es no casarse y vivir en completa libertad. Todo esto 

hubiera él dicho a otra que no fuera Blanca; para ella don Serafín no podía rendirle sino 

obediencia y amor, amor sin límites. 

 Un día ocurrió a Blanca, separar dormitorios, don Serafín se quedó espantado. Recurrió 

a la autoridad de marido y a sus derechos adquiridos, para oponerse a tan autoritativa 

medida. Por fin recurrió a la súplica, a la caricia a la desesperación... ¡No hubo remedio! El 

humo del cigarro molestaba a Blanca y le traía insomnios horribles. 

 En verdad, largo tiempo hacía, que él notaba con frecuencia desvelada a su esposa. 

 ¿Estaría acaso en cinta? No era posible. Muy poco tiempo había trascurrido después del 

último vástago, que vino a acreces las satisfacciones del esposo y las contrariedades de la 

esposa. 

 D. Serafín ofreció humildemente dejar el cigarro: esto era demasiado, para él que, al 

decir de Blanca, fumaba tanto, que se asemejaba a cañón de chimenea. 

 Pero ruegos, ofrecimientos, indignaciones, sospechas, todo fue vano, y la tiránica 

resolución, que a desesperante alojamiento le condenaba, llevose a efecto, con gran 

aflicción del amoroso marido, que se veía separado por todo un girón de habitaciones, 

muchas de ellas ocupadas por los niños, con sus nodrizas o sus ayas. 

 Tan inesperada determinación, fue causa de que el señor Ministro diera al traste con la 

política y se entregara a sus más amargas meditaciones. Eso sí, siguiendo añejas 

tradiciones, aferrose fuertemente a la amada cartera. 

 ¡Cómo! Cuando él se consideraba más digno del amor de su esposa, por haberse 

encumbrado debido a sus méritos (así juzgaba él) a una altísima posición social; ¡ella no 

podía sufrirlo ni en su propio dormitorio!... 

 Para que tal sucediera, poderosa, muy poderosa causa debiera haber. ¿Cuál podía ser? D. 

Serafín, a pesar de su atinado juicio, y la suspicacia de su carácter, no alcanzó por esta vez 

a descubrir la causa verdadera de los caprichosos desdenes de su esposa y lejos de dirigir 

sus sospechas hacia Alcides, dirigiolas hacia Luciano y dijo: 

 -A las mujeres les gustan los hombres a la moda, los petimetres como Luciano. 

 ¡Error grave! Los petimetres afeminados, son y serán siempre los tipos más antipáticos 

para las mujeres. 

 Alcides visitaba a Blanca con frecuencia, continuando siempre, en sus astutos planes de 

seducción y esperando la sazón, en que sólo necesitaba, el llamado cuarto de hora 

psicológico de la caída. 

 Algunas noches don Serafín, su esposa, Alcides y algún otro amigo, jugaban el familiar 

rocambor; ella era fuerte en este juego, D. Serafín apenas si conocía el manejo de las cartas, 

pero gustaba él, como de todo lo que se aprende tarde. 

 D Serafín reía alegremente cuando llegaba a darle un codillo a Alcides. 

 -Qué tal, le corté su juego. 

 -Sí me lo ha cortado Ud. irremediablemente y miraba intencionalmente a Blanca. 

 Mientras Blanca y Alcides, mutuamente enamorados, jugaban a las cartas, la voz 

pública, elevaba a éste de su condición de admirador, a la de verdadero amante de la señora 

de Rubio. 

 Había más; la escena de la apuesta aquella de la cena en el hotel, y la otra del rey de 

espadas, corrían de boca en boca horriblemente desfiguradas y aumentadas con detalles y 

pormenores ofensivos, no para él, que es propio de la injusticia humana, echar todo el peso 

de estas faltas sobre el ser más débil, sobre la mujer. 

 Bien pronto nuestra culta sociedad, poco fácil para escandalizarse, cuando el escándalo 

viene de arriba, se escandalizó por esta vez, al conocer los pormenores de la cena, y hasta 

se decía que Blanca, al saber la noticia de la apuesta, había festejado el lance diciendo; -

Con tal que la lleve a cabo le perdono su atrevimiento. 

 -¡Qué es esto! ¿a donde vamos a parar? exclamaban. 

 -¡Y a esto llaman la nata de la aristocracia de Lima! ¡Vaya! Si debiera estar en un 

cuartito de la calle de la Puerta falsa del Teatro. 

 Se decía, que los cuatro mil soles perdidos por Blanca en el juego, habían sido cuatro 

mil libras esterlinas, puestas en una carta, con el fin de incitar a Alcides a llevar adelante su 

apuesta. 

 La murmuración y la calumnia cual furioso huracán se arremolinaron en torno a la 

señora de Rubio; y los lances burlescos y las historietas amorosas, circulaban dando pábulo 

a la maledicencia de unos y la mojigatería de otras. 

 Y algunas empingorotadas señoronas de ostentosa virtud, clamaron a grito herido, contra 

estos escándalos. A sus ojos Blanca no era más que un monstruo de corrupción y liviandad, 

merecedor de colosal castigo, nunca tan colosal como la culpa. Y el sin ventura don Serafín 

con sus dos millones de soles, y su cartera de Ministro, antojábaseles complaciente marido, 

o como dicen los italianos un marido gentil, que sabía mirar del lado opuesto al en que se 

hallaba el amante de su mujer; o como dicen los franceses un marido molieresco. 

 ¡Ah! si ellos hubieran podido comprender la acerba amargura del amoroso esposo y 

delicado caballero, hubieran detenido sus temerarios juicios. 

 Ofreció dejar de fumar a cambio de su permanencia en la alcoba de su esposa, y hubiera 

ofrecido dejar de vivir, antes que resignarse a perder su amor. 

 Qué culpa tenía él de ser vulgar, prosaico, como decía Blanca: de comer con glotonería, 

y luego, con el bigote todavía oliendo a caldo, venir a besar a su esposa, lo que le producía 

a ésta, nauseas y repugnancia. Y en la noche regoldando con los restos de su digestión, 

laboriosa y difícil, por lo suculento de los potajes, venía hacia ella con más aire de 

hambriento lobo, que de amoroso marido... 

 Poseer dos millones de soles, y no ser dueño siquiera de la mujer a quien en día no 

lejano, se arrancó de un infierno de acreedores que amenazaban llevarse hasta los muebles 

de la casa... 

 ¡Oh! esto es horrible, cuando se cae en la desgracia de amar a esa mujer como don 

Serafín, amaba a en esposa. 

 Por lo que toca a Blanca, ella creía que no podía continuar viviendo de tal manera modo. 

La asfixia del alma, la misma que le sobreviene al cuerpo por falta de aire o por respirar el 

aire mal sano de los pantanos la amenazaba; parecíale sentir olores nauseabundos que le 

producían vértigos. 

 D. Serafín estaba desesperado. 

 Cada día al levantarse del lecho, de ese lecho que estaba separado del de su esposa por 

todo un girón de piezas, ocupadas por sus hijos con sus ayas; cada día frunciendo el ceño 

pensaba que debía poner término a tan tirante situación. 

 -Es necesario que esto termine, hoy mismo, hoy le hablaré a Blanca, y si no accede a 

admitirme en su dormitorio, haré llevar a viva fuerza mi cama. Sí, decía es necesario que yo 

sea en mi casa el hombre que mande, el que posee la fuerza y el dominio, para eso soy su 

marido. ¡Qué diablos! Un hombre no debe someterse así a los caprichos de una mujer. 

 Y don Serafín pensaba con desesperación en las muchas noches que había pasado 

sofocado, agitado, sin poder dormir, y salía de su alcoba ceñudo colérico, resuelto a todo 

menos a continuar soportando tiránicas imposiciones. Y tan abstraído andaba en sus 

reflexiones, y tan preocupado con su desesperante situación, que muchas veces acontecíale 

que alguna de las criadas le dijera: -¡Mire señor tiene usté los pantalones sin abotonar! 

 Y en efecto, don Serafín, salía muchas veces con los pantalones a medio abotonar; otras 

veces era la corbata la que olvidaba. 

 -Qué diablos si estoy tan preocupado -decía él abotonándose apresuradamente, o 

regresando a ponerse la corbata. 

 Sí, cierto, él estaba horriblemente preocupado, y lo más atroz de esta situación, era el no 

encontrarle término; pues cuando él más resuelto iba, a reñir, a mandar, y si era preciso 

también, a castigar acontecíale que en presencia de Blanca no podía ser más que el mísero 

lebrel, que lame la mano de su despiadado castigador. 

 -¿Cómo has pasado la noche? ¿Cómo están los nervios? ¿Qué tienes? Hoy estás algo 

pálida. Supongo que Josesito no te haya dado mala noche. Para eso pago bien a la nodriza y 

a la ama seca, pero esta gente es tan descuidada que... 

 -Blanca contestaba a estas afectuosas palabras de su esposo, con monosílabos. -Sí, -no, 

estoy bien, ya lo sé. 

 Ella que con todos usaba de tanta locuacidad, de gracia tanta y donairoso decir, para él, 

sólo guardaba los monosílabos secos, ásperos, afilados y cortantes, como si fueran golpes 

de puñal. 

 ¿Qué arte infernal o de magia, poseía ella que así le dominaba en su presencia? ¿Acaso 

él no tenía todos los derechos que las leyes humanas y un sacramento divino (D. Serafín 

consideraba divino el sacramento del matrimonio) le acoreaban?... ¿Por qué en presencia de 

ella, no le era dable, ejercer todos los derechos de marido y todas las prerrogativas que dos 

millones de soles pueden dar? Él, de quien el mundo entero decía que era pérfido, egoísta y 

más que todo de genio violento, intransigente y de lengua clásicamente viperina, por lo 

mordaz y maldiciente. 

 ¿Qué iba a hacer? Si en presencia de ella no brotaban de sus labios sino palabras de 

cariño, de tierno afecto y hasta más de una vez sintió impulsos de arrodillarse y pedirle 

perdón. Pero luego reflexionaba y se decía. -Perdón, de qué, a no ser de que ella sea tan 

cruel conmigo. 

 Luego rememoraba las épocas felices de su vida matrimonial. Cuando Blanca en medio 

de la embriaguez producida con la satisfacción de su loca pasión por el lujo y la 

ostentación, le acariciaba a él, con la misma inconsciencia con que hubiera acariciado no 

sólo a otro hombre, pero aun hasta a otra cosa. 

 Y don Serafín, que en achaques amorosos, era poco ducho; suspiraba, imaginándose que 

aquello fue verdadero amor, perdido hoy, tal vez para siempre. 

 Por fin llegó el día de una explicación. Don Serafín estaba desesperado y las situaciones 

violentas, no son soportables viendo de continuo al ser que las causa. Ella se explicó así. 

 -Estamos unidos por un lazo que tú juzgas indisoluble: me casé contigo por... Blanca 

trepidó... por amor. Es que yo creía en la duración de ese afecto, o mejor diré, yo creía que 

tú supieras cultivarlo: me figuraba que serías apasionado, espiritual, vehemente, con la 

vehemencia delicada del amor, no con la que tú tienes... 

 D. Serafín exhaló en este punto un hondo suspiro. 

 -No me quejo de que tú no me ames, de lo que me quejo es de que tú no sepas amarme. 

¡Ah! siento un vacío tan hondo en mi alma. Mira yo quiero que cambies, que no seas como 

eres. Tus torpezas concluirán por hacerte antipático, y yo deseo quererte. ¡Vaya! No te 

enojes, si te digo estas cosas, es porque en mi corazón hay mucho cariño para ti. Quiero que 

seas feliz; porque es preciso que sepas, que yo no sé, ni quiero fingir, y si tú llegas a serme 

odioso, nada en el mundo tendrá fuerza suficiente para obligarme a vivir cerca de ti: ¿lo 

oyes? 

 D. Serafín pálido escuchaba las palabras de Blanca como si cada una de ellas le llegara 

al corazón. Apoyados los codos en las rodillas, ocultaba la cara entre ambas manos, 

posición azás prosaica para escuchar un no menos prosaico diálogo. 

 Blanca continuó. 

 -Te he hecho Ministro, y pensaba hacerte Vocal de la Corte Suprema, y quizá también 

Presidente de la República... 

 Aquí don Serafín dio un brinco y se puso de pie. 

 -¿Te causa asombro este lenguaje? ¿A quién sino a mí debes tu nombramiento para 

desempeñar la cartera de Justicia?... 

 -¿Y crees que si yo no tuviera las dotes necesarias para tan elevado cargo, lo hubieras tú 

conseguido? 

 Blanca, hizo una mueca de desprecio y continuó: -Multitud de hombres hay en Lima, de 

verdadero mérito, que han pasado la vida aspirando un Ministerio, y no lo han alcanzado. 

¿Cómo puedes tú creer que lo debes a tus merecimientos? 

 Con este argumento, don Serafín guardó silencio. 

 -Pero, en el caso, que tú Ministro y próximo Vocal de la Suprema, y no lejano 

Presidente del Perú, no has crecido ni un punto, y más bien parece que hubieras perdido tu 

buena reputación de hombre honrado. 

 D. Serafín no osaba replicar una sola palabra ni aun siquiera levantar la frente; anodado 

parecía oír en las palabras de su esposa, las de su propia conciencia. 

 La superioridad de espíritu de Blanca se imponía en todas las situaciones difíciles; 

aunque no siempre estuviera de su parte la verdad. 

 -Yo creía que siendo tú Ministro, llegaría a estimarte más y tal vez, a amarte más; pero 

no es culpa mía, tú eres siempre el mismo... 

 -Sí, caprichos tuyos. Tú fuiste la que quisiste a todo trance que fuera yo Ministro. Y 

ahora quiero yo saber ¿qué hemos sacado con este Ministerio? Nada más sino que tú me 

eches en cara faltas que no depende mí. 

 -Ciertamente: nada hemos ganado; ni el que tú cambies de aire y te des la importancia 

que debe darse un Ministro aplaudido y bien aceptado por todos los partidos. 

 -¡Los partidos! -repitió él con acerba entonación-, bien sabes lo que es entre nosotros ese 

monstruo que devora a sus propios hijos. 

 -Sí, los devora, porque todos son raquíticos, porque todos son hijos del favor, y quizá 

también de algo peor. 

 -Pues bien, mañana mismo presentaré mi renuncia y suceda lo que suceda no seré ya 

más Ministro. 

 -Hazlo como mejor te plazca. 

 Así terminó esta explicación, dada con tanta insolencia por parte de ella, como fue 

grande para escucharla la resignación de él. Es que don Serafín estuvo en una de sus horas 

de buen humor, y de buen decir, cosa muy rara para todos, menos para su esposa, que 

hablando de él, solía decir: Mi marido es un cordero, yo hago de él lo que quiero. 

 Poco adelantó, pues, don Serafín, con esta explicación, a no ser el pensar en salir del 

Ministerio por su desgracia con Blanca, así como había entrado por gracia y favor de ella. 

 Mientras tanto un evolución, una metamorfosis operábase en el corazón de la señora de 

Rubio. 

 ¡Un amante! Esta palabra principió a tener todo el atractivo de lo que para ella 

simbolizaba, agitaciones, impresiones, placeres, verdadero drama, donde se desempeña en 

la vida, como en el teatro, un papel lleno de incidentes, de sustos, de temores, de luchas 

entra la pasión y el deber. 

 Un amante, le traería todo aquello que necesitaba para sazonar su insípida y monótona 

vida. 

 Lucir, deslumbrar, excitar la envidia de las mujeres y la admiración de los hombres, 

magnífico seductor, bellísimo; pero es que ella frisaba ya en los treinta años, y el corazón a 

esta edad, encuentra sin aliciente ninguno aquel bullicio mundanal. No podía conformarse 

con pasar la vida así, como un meteoro social, sin sentir ni producir más que impresiones 

pasajeras. Había llegado a la edad en que el sentimiento y la pasión se despiertan y hablan 

vigorosamente, y entonces la mujer, más que nunca, es mujer. 

 Alcides llegó pues, en la hora precisa, en el cuarto de hora en que las mujeres menos 

sensibles al amor, dejan en su corazón un punto accesible al sentimiento y a la pasión, llegó 

cuando el recuerdo de su antiguo novio, principiaba a borrarse de su memoria, ese recuerdo 

que hasta entonces, quizá habíale servido de verdadero antídoto contra alguna rara emoción 

que agitó su corazón. 


 FIN

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